
Por seguir la estela de Abandonalia y sus lugares deshabitados...
Me había prometido a mí mismo no hablar de política en este blog, no contribuir con ocurrencias repentinas, ideas sin la suficiente reflexión, lugares comunes o, sencillamente, sandeces (conozco mis limitaciones) al debate que mueve el mundo. Si no voy a aportar nada original ni nada del suficiente calado en este terreno, más vale permanecer callado y no echar leña al griterío y la confusión.
No soy tan cándido, sin embargo, como para pensar que, delegada mi voz en unos representantes, estos expresarían convenientemente mis opiniones, mis principios y hasta mi forma de sentir. Sé que, en último caso, votar y confiarme a los electos es una renuncia, por comodidad, al papel activo en la vida social. Pero vaya en mi descargo que si me escaqueaba lo hacía en la convicción de que estaba delegando en gente útil, capaz, instruida, gente con fuerza y energía, con valores y principios. Gente, como diría mi abuelo, “con carrera”.
Ya sé que es una postura muy elástica ésta de votar y echarse a dormir, pero viendo cómo se las gastan en parlamentos como el de Taiwán y la de hostias y hasta golpes de kárate con que de vez en cuando se interpelan sus señorías, comprenderá el lector que yo adoptara la postura de Los del Río: “estos es pa los que zaben”.
Hoy, sin embargo, tras ver la foto que he puesto como cabecera de esta entrada, he decidido saltarme esta regla, porque esto ya no pertenece a la política. Esto pertenece a la picaresca. Y eso me encanta, la picaresca, quiero decir; los delincuentes a pequeña escala: descuideros, apandadores, trileros, carteristas, falsificadores, diputados, senadores, tipos, en fin, de descuidado vivir.
He aquí la Cámara de Diputados. ¡El hemiciclo! Símbolo de la Soberanía y no sé cuántas cosas más (lo tendría que buscar en Google). Estamos en plena época de crisis. Sesión de control al Gobierno. Apertura de la sesión: 9 de la mañana. Los diputados, agotados, sin duda, por sus muchas labores del día anterior (cenas, conferencias, reuniones, inauguraciones, entregas y recogidas de premios), deciden llegar un poco tarde. Quien dice tarde dice a las 10, a las 11, a las 12… Casi mejor, lo dejan para el día siguiente a una hora moderada. La foto está tomada al mediodía. De 350 diputados que componen el Pleno de la Cámara, en torno a 20 aguantan allí, en sus escaños, como pueden, el efecto del madrugón. Los demás, sabe Dios dónde andan metidos. En sus tareas. El diputado Aguirre había pedido hacerle una pregunta al Sr. ministro, pero al final la pregunta ha de suspenderse porque al tal Aguirre se le ha ido el santo al cielo y estaba dizque en la biblioteca del Congreso estudiando afanosamente una sesuda cuestión.
De creer en los rumores, el ujier que fue a buscarle le vio, efectivamente, inmerso, volcado (y cuando el ujier dice “volcado” quiere decir exactamente eso, volcado) en la lectura de la prensa deportiva especializada. Al parecer, costó mucho sacarle de su abstracción. También se rumorea por los pasillos que si todavía quedaban 16 en el hemiciclo es porque estaban esperando que el interviniente concluyera, porque habían quedado para ir a tomar el vermut juntos.
He aquí la foto. La democracia parlamentaria y deliberativa. Poco antes se había producido la reunión de Zapatero y Rajoy para tomar un café y, mientras tanto, discutir tranquilamente qué hacer con la economía. Así, mientras mordisquean una pasta, todo a media luz y sin taquígrafos. De paso, quitan y ponen los jueces a su gusto. “Si tú me aceptas a éste, yo te coloco a este otro”. Se acaba de dar a los bancos no sé cuantos millones de euros para sus cosas, pero no se hace publico cuándo, cómo ni en qué forma “para no estigmatizarlos”. España, en fin, se desliza suavemente por el Estado del Bienestar (en mayúsculas, naturalmente), por el mejor de los sistemas posibles, y uno piensa que, joder, para tener ese edificio así de infrautilizado lo podían arrendar y organizar conciertos, yo qué sé, de AC/DC, de Madonna, o como plató para Operación Triunfo.
Sólo una cosa: siempre he creído que la política, y a su compás la historia de la Humanidad, es un esfuerzo continuo, y un tanto cínico, por contemporizar con la masa (entre ella, yo), refrenarla y sosegarla. Un eterno cuidado por que a la plebe (entre ella, yo) no le dé por querer resolver, de la manera caótica que le es propia, los problemas que puedan surgir. Porque cuando el vulgo (entre él, yo) se siente estafado y le da por sacudirse la pereza, no es fácil detenerle ni volverle a convencer. Estamos dejando que la democracia se pudra y mucho me temo que no tenemos plan B.
MIGUEL BAQUERO
Escritor
"GENTUCILLA"




















