¿Miedo, a qué?



Antes, Ácratas era la excepción que avisaba de lo que venía y nos llamaban amarillistas. Ahora todos los medios, que antes mentían diciendo que no pasaba nada, abundan en la crisis, avisan de los grandes males que se nos avecinan. ¿Qué ha cambiado? Lo único que ha cambiado es el Gobierno. El anterior navegaba con exagerado optimismo de marino de agua dulce y éste avisa de tempestades imposibles de capear, mientras aprieta las tuercas y desmonta el estado del bienestar, tratando de asustarnos y desorientarnos, tal como preconiza la doctrina del shock.

La única respuesta posible ante la política adoptada por el gobierno de Rajoy, al dictado de sus economistas friedmanianos, es no tenerle ningún miedo. Sólo se teme aquello que no se comprende, dice MESS y tiene razón. Y a estos perros peperos los comprendemos perfectamente. Sabemos lo que están haciendo y que los recios muros de su represión económica tienen la dureza de un suflé. Vemos cómo se comportan y averiguamos en ello lo que más temen, pues en sus métodos para asustarnos subyacen sus propios miedos.

Entendemos que asumen como legítima —son sus puntuales ejecutores— la estrategia de la Sinarquía Financiera Internacional, parecida a la técnica utilizada para la extracción forzada del crudo: se inyecta aire creando una burbuja de alta presión en la bolsa del yacimiento y el crudo mana a través de un tubo sumergido. El aire es gratis, y lo que la SFI insufla en las burbujas financieras que maquina también lo es para ellos: dinero recién creado de la nada. Y lo que obtienen es lo que nos hemos ganado teñido por la sangre de quienes nos precedieron en la lucha de clases: bienes del común muebles e inmuebles, empresas públicas rentables, como los aeropuertos de Barajas o el Prat, privatización de servicios públicos, como la sanidad o la enseñanza o el saqueo de nuestras pensiones, todo muchísimo más valioso que el mero crudo.

Entendemos por qué la garrapata estatal ha dividido su política económica en dos: un ministerio para sacarnos la sangre (Hacienda, con el vampiro Montoro al frente) y otro para calmar a los acreedores internacionales de la SFI (Economía, con el experto en quiebras, de Guindos, al timón) y seguirse endeudando con ellos a todo tren. Sabemos que no pueden mantener la presión de su terror estatal de pacotilla por mucho tiempo. Nos reímos de ellos y esperamos. Sin aceptar nunca sus órdenes. Tenemos claro que su dinero y sus dioses son falsos. Aquí, a esta actitud, le llamamos una vez la estrategia del camaleón: Camuflarse en la trinchera, pero no abandonar jamás la lucha, pues sólo quien abandona pierde. Y salir de ella solamente para asestar golpes precisos.

La mejor manera de dinamitar las estructuras del poder autocrático es no creérselas nunca y jamás colaborar con ellas. Los españoles constituimos un pueblo singular. Muy experimentado en el arte de encajar y filtrar mentiras. No es fácil engañarnos, aunque finjamos que sí. El franquismo tiene buena parte del mérito, pues constituyó el más duro y angustioso shock que los españoles hemos recibido jamás. ¡Las cosas que más tememos ya nos han pasado en la vida!

No hay nada institucional o sagrado que al español no le produzca hilaridad en su íntimo fuero. No cree en ni dios ni patria ni justicia ni democracia, sabe que son conceptos hueros. El español solamente se siente responsable de una cosa: de sus hijos hasta que son lo bastante fuertes para valerse por sí mismos. Y no los engaña, sino que les muestra la realidad: que todo está muy jodido, pero no perdido. Y que hay que hacer las cosas que le dan a uno miedo para perdérselo para siempre: lo mismo entrarle decidido a una mujer guapa que enfrentarse a la Policía en una algarada defendiendo una causa justa.

Los españoles hemos demostrado a lo largo de la Historia que somos duros de cojones. Pero también sabemos esperar a que la fruta esté madura para alargar la mano. Y mientras nos resistimos a abandonar la sombra del árbol, esperamos pacientemente para asegurar la respuesta. Es la pasividad la que produce miedo, no la espera para el contraataque, que puede ser demoledor. ¡Aún tiemblan de pavor los descendientes de los soldados franceses de la Guerra de la Independencia de 1808!

Nada es definitivo en esta prevaricadora administración de la injusticia que impera en España. Los españoles desahuciados vuelven a entrar a sus viviendas, derribando la puerta de una patada pocas horas después de ser puestos en la calle. Puentean contadores, trabajan en negro, colaboran con sus vecinos. Y una vez fuera de los circuitos económicos, que son los únicos que le interesan a la Ley, se sienten libres de verdad, a veces por primera vez en su vida: sin deudas económicas ni morales. La experiencia de perder el miedo es única y maravillosa.

No hay que dejarse vencer. El que entra en pánico lo pierde todo. ¿Crisis? ¡Que la jodan a la crisis! Los acojonados, los que tienen algo que perder de verdad son los ricos, los terratenientes, los especuladores y sus testaferros, los políticos parásitos. Arriesgan sus cuellos y sus fortunas. Arriesgan su preeminencia y su prevalencia. Sus montañas de dinero falso no sirven en nuestro mundo. Y no vamos a regalarles nuestro sudor jamás, ni a engordarlos más que para la matanza, como a los cerdos.

El español piensa en las mentiras que le cuentan y anota quién se las cuenta, mientras come pan y tocino y, con la grasa que éste rezuma, afila el cuchillo contra una piedra.

"Tu tiempo llegará, noble filo".

FERNANDO TARRIDA DEL MÁRMOL (2012)

 



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