La vergonzosa connivencia de los españoles con los represores de sus libertades, su cobardía innata, su desvergüenza, su permenente "¡Vivan las cadenas!", que ha cuajado en la tibia participación en la Huelga General de los asalariados de empresas de servicios y funcionarios —los mismos borregos esquilados que vendieron sus culos a la banca "para hacerse ricos con el ladrillo"—, a pesar del ejemplo de la paralización total de la industria (especialmente, metal y construcción), la minería, el transporte de mercancías y alimentos, ha determinado su propio futuro y el de todos los trabajadores de España. Para que se vayan concienciando de lo que ya inexorablemente les espera, reproducimos este texto de Giovanni Papini que ilustra el destino de todos los miserables sin espíritu.
Berlín, 10 de agosto.
La audiencia fijada en la Cancillería era para las diez de la noche, pero tuve que esperar más de una hora en un saloncito forrado de cuero, viéndome frente a frente con un dominante retrato de Federico II de Prusia. Me dijeron que a última hora el Führer había hecho reunir un consejo de generales. Finalmente, cuando me condujeron hasta su estudio experimenté la sorpresa de verme frente a un hombre que más parecía ser un bonachón policía vestido de civil que el dictador de un imperio. El famoso mechón que lucía sobre la frente no alcanzaba a darle un aspecto romántico ni belicoso. Me miró fijamente y en silencio por un instante, y luego dijo así:
—Sé todo acerca, de usted, y como no es ni diplomático, ni periodista, ni sacerdote, puedo hablarle sin perífrasis ni




















