Los conceptos de nación —o patria, cuando hablamos del sitio de nacimiento, no del colectivo humano— y de estado no son lo mismo. Es más: la mayor parte de las veces son conceptos antitéticos, como paso a denunciar. Así, la patria es un hecho inamovible e involuntario, pues uno nace donde puede, y no donde quiere —no rige para la nación judía, muchos de cuyos miembros adoptan la doble nacionalidad—. La nación se define como un conjunto de personas de un mismo origen y que generalmente hablan un mismo idioma (pero pueden hablar varios, lo que es síntoma de cultura) y tienen una tradición común —como ejemplo de uso de la palabra "nación", cita el Diccionario Word Reference: "la nación judía ha vivido dispersa por el mundo hasta mediados del siglo XX"—. Pero el Estado es otra cosa, la unidad política superior independiente, es el propio conjunto de los órganos de gobierno de un país soberano o es el cuerpo político de una nación. Aclaradas las diferencias entre conceptos de los que se trata aquí, diré algo importantísimo: que la nación crece por razones biológicas naturales y sanas —porque las mujeres aman, se quedan preñadas y paren—; mientras que el estado se desarrolla por el arduo trabajo de los malparidos, merced a un desarrollo anormal e incontrolado de ciertas células que invaden y destruyen los tejidos orgánicos —o sea, exactamente como funcionan las células de un tumor maligno—.
Toda nación y su estado son enemigos. Si no al nivel declarado, abiertamente expuesto en los medios de comunicaciòn —aunque a veces sí, como en los actuales casos de Egipto, Túnez, Argelia, Islandia, Irlanda, Yemen, Libia, Jordania, etc.—, sí al nivel íntimo y personal. Ejemplificaré: Ni un solo español, sea de derechas, de centro o de izquierdas, es ajeno a la certeza de que el Estado Español es su parásito gorrón, su tenia; un ente que le vacía los bolsillos, que le extorsiona, a cambio de la única protección o gracia de no hacerle la vida imposible —si paga sin rechistar—. Exactamente igual que funcionan, por ejemplo, la Cosa Nostra o las tríadas chinas. Establecido esto, hay una segunda regla que la gente común no es capaz de expresar, pero que en lo profundo conoce: Y es que el Estado, como le sucede a todos los matones, inexorable aumentará su poder mientras se lo consientan sus administrados; pues, como un gas caliente, tiende a ocupar todo el volumen posible; y, cuando encuentra oposición, se inclina a presionar sobre las paredes del recipiente para hincharlo como si fuera un globo. El Estado, en su afán de ocupación invasiva y de extorsión, legislará sobre todas las cosas imaginables e inventará tantos delitos y faltas como pueda —y legislará sobre ellos— para arrinconar a sus administrados hasta el límite de la supervivencia. Exactamente igual que hacen los virus que infectan un organismo sano, el Estado se reproducirá, creará entes, leyes y cuerpos represivos, mientras el organismo, o sea la nación, siga con vida y se lo tolere.
En todas las enfermedades infecciosas, el organismo reacciona ante la invasión celular mediante síntomas que manifiestan la gravedad, pero que son necesarios para curar la enfermedad. Síntomas como la fiebre, el sudor, el vómito o la diarrea, que son todos depurantes. La mayor parte de las veces, el organismo se libra del agente infeccioso, y sana. Pero otras, la reacción es demasiado lenta o tardía, y el organismo muere. Este organismo —cada vez menos llamado España— está probablemente en el último caso: hoy día, en el mundo laboral, 9 millones de células corruptas viven a costa de un total de 11 millones de células sanas en un organismo de 40 millones de células. Es un organismo que ni produce ni se reproduce suficientemente: la regeneración celular está por los suelos, con un índice de natalidad de 1,2. España es un cuerpo anciano y enfermo que no tiene solución. Habremos de concluir que hay que darlo por muerto. Como en todos los cadáveres, ciertas colonias de gérmenes seguirán felizmente parasitando los despojos hasta la extinción absoluta del antiguo organismo. Existirán durante algunos años en España pequeñas nuevas naciones (catalana, vasca o gallega) lo mismo que las hay en algunas tumbas que se abren por razones de mantenimiento, y se observan naciones de escolopendras o de gusanos que medran ignorando que desaparecerán igual que el cadáver de cuyos restos se alimentan, para acabar siendo pasto de animales aún menos evolucionados, y finir sirviendo de alimento a las plantas.
Para enfrentarnos al problema nacional-patrio-estatal, ya perfectamente definido, existe una solución primera y humanamente digna: Entender lo que es un estado, siempre expansivo, y contenerlo mediante el recipiente apropiado, sometiéndolo al control ciudadano de los patriotas (en el sentido de nacidos en el territorio nacional). Esta solución se llama democracia, y es el antídoto bactericida contra la infección estatal partitocrática. Ya se ha descrito, en este diario acrático, esa solución mil veces: representatividad, mandato imperativo asambleario e independencia de poderes desde las urnas. Pero, ¿será casualidad?, esa solución nos haría ser considerados enemigos de todos: de feudo-nacionalistas, de globalistas, de doble-nacionales y de fundamentalistas religiosos.
Y hay, aunque resulte menos digna, una solución segunda: En este mundo a extinguir de naciones y patrias, la vía de los judíos marca (desgraciadamente) el camino a seguir, que es el opuesto al que siguen los nacionalistas ávidos de mini-estados: la solución es la pertenencia a una nación global, al margen del territorio que ocupa la de nacimiento —ésta última se puede traicionar a conveniencia—. Ya imitan a los judíos algunos pueblos que se globalizan. Así, no es extraño oír hablar de la "nación musulmana" —a la que la judía tilda, por cierto, de nación terrorista ante los estados, azuzándolos contra ella—. Pero como no existe nada parecido a la "nación cristiana" desde la última cruzada, allá por el siglo XV, cuando el regente húngaro Hunyadi, a llamada del Papa Calixto III, organizó un ejército para hacer frente a los otomanos, habremos de preguntarnos cuál es la "nación occidental", si es que existe. Si descartamos aquellas naciones cuyos estados son lacayos del poder sionista, tanto por ser "democracias estatales" —cuyos estados las oprimen—, como por el liberalismo económico que las rige, no queda nada. Los occidentales estamos solos, aislados, sin ningún sentido de colectividad. Como no aparecerá un nuevo Hitler que, armándose del poder mental —y paranoide— de las sagas nórdicas y del intelectual de la religión albigense de los puros —además de toda la capacidad científica y tecnológica que secuestró EEUU—, recupere la noción de Europa, habremos de refugiarnos en la acracia y en la poco reconfortante razón. Pero ello, lo sabemos todos, nos conduce al declive y a la extinción individual y familiar. ¡Pobres de nuestros descendientes, a menos que inventen una potentísima nueva identidad religiosa neo-prepucial que los distinga del resto!
XABIER ALZURI CALAVERA
(Ingeniero y Humanista)
NOTA DEL AUTOR: Los españoles podemos imitar de alguna manera a los judíos, gracias a la conquista imperial de los Reyes Católicos y de sus descendientes, Carlos I y Felipe II. Basta con emigrar a Hispanoamérica y, en un par de años, adoptar la doble nacionalidad que nos permita vivir como uruguayos —pongamos por caso—, pero con las espaldas cubiertas por España (lo que reste de ella), con nuestro embajador en Montevideo como tímido remedo del rabino del Congreso Mundial Judío o de la Anti-Defamation League.
NOTA DEL EDITOR: Este artículo fue publicado por Ácratas el 19 de febrero de 2011.




