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El Estado
como enfermedad crónica



Los conceptos de nación —o patria, cuando hablamos del sitio de nacimiento, no del colectivo humano— y de estado no son lo mismo. Es más: la mayor parte de las veces son conceptos antitéticos, como paso a denunciar. Así, la patria es un hecho inamovible e involuntario, pues uno nace donde puede, y no donde quiere —no rige para la nación judía, muchos de cuyos miembros adoptan la doble nacionalidad—. La nación se define como un conjunto de personas de un mismo origen y que generalmente hablan un mismo idioma (pero pueden hablar varios, lo que es síntoma de cultura) y tienen una tradición común —como ejemplo de uso de la palabra "nación", cita el Diccionario Word Reference: "la nación judía ha vivido dispersa por el mundo hasta mediados del siglo XX"—. Pero el Estado es otra cosa, la unidad política superior independiente, es el propio conjunto de los órganos de gobierno de un país soberano o es el cuerpo político de una nación. Aclaradas las diferencias entre conceptos de los que se trata aquí, diré algo importantísimo: que la nación crece por razones biológicas naturales y sanas —porque las mujeres aman, se quedan preñadas y paren—; mientras que el estado se desarrolla por el arduo trabajo de los malparidos, merced a un desarrollo anormal e incontrolado de ciertas células que invaden y destruyen los tejidos orgánicos —o sea, exactamente como funcionan las células de un tumor maligno—.

Toda nación y su estado son enemigos. Si no al nivel declarado, abiertamente expuesto en los medios de comunicaciòn —aunque a veces sí, como en los actuales casos de Egipto, Túnez, Argelia, Islandia, Irlanda, Yemen, Libia, Jordania, etc.—, sí al nivel íntimo y personal. Ejemplificaré: Ni un solo español, sea de derechas, de centro o de izquierdas, es ajeno a la certeza de que el Estado Español es su parásito gorrón, su tenia; un ente que le vacía los bolsillos, que le extorsiona, a cambio de la única protección o gracia de no hacerle la vida imposible —si paga sin rechistar—. Exactamente igual que funcionan, por ejemplo, la Cosa Nostra o las tríadas chinas. Establecido esto, hay una segunda regla que la gente común no es capaz de expresar, pero que en lo profundo conoce: Y es que el Estado, como le sucede a todos los matones, inexorable aumentará su poder mientras se lo consientan sus administrados; pues, como un gas caliente, tiende a ocupar todo el volumen posible; y, cuando encuentra oposición, se inclina a presionar sobre las paredes del recipiente para hincharlo como si fuera un globo. El Estado, en su afán de ocupación invasiva y de extorsión, legislará sobre todas las cosas imaginables e inventará tantos delitos y faltas como pueda —y legislará sobre ellos— para arrinconar a sus administrados hasta el límite de la supervivencia. Exactamente igual que hacen los virus que infectan un organismo sano, el Estado se reproducirá, creará entes, leyes y cuerpos represivos, mientras el organismo, o sea la nación, siga con vida y se lo tolere.

En todas las enfermedades infecciosas, el organismo reacciona ante la invasión celular mediante síntomas que manifiestan la gravedad, pero que son necesarios para curar la enfermedad. Síntomas como la fiebre, el sudor, el vómito o la diarrea, que son todos depurantes. La mayor parte de las veces, el organismo se libra del agente infeccioso, y sana. Pero otras, la reacción es demasiado lenta o tardía, y el organismo muere. Este organismo —cada vez menos llamado España— está probablemente en el último caso: hoy día, en el mundo laboral, 9 millones de células corruptas viven a costa de un total de 11 millones de células sanas en un organismo de 40 millones de células. Es un organismo que ni produce ni se reproduce suficientemente: la regeneración celular está por los suelos, con un índice de natalidad de 1,2. España es un cuerpo anciano y enfermo que no tiene solución. Habremos de concluir que hay que darlo por muerto. Como en todos los cadáveres, ciertas colonias de gérmenes seguirán felizmente parasitando los despojos hasta la extinción absoluta del antiguo organismo. Existirán durante algunos años en España pequeñas nuevas naciones (catalana, vasca o gallega) lo mismo que las hay en algunas tumbas que se abren por razones de mantenimiento, y se observan naciones de escolopendras o de gusanos que medran ignorando que desaparecerán igual que el cadáver de cuyos restos se alimentan, para acabar siendo pasto de animales aún menos evolucionados, y finir sirviendo de alimento a las plantas.

Para enfrentarnos al problema nacional-patrio-estatal, ya perfectamente definido, existe una solución primera y humanamente digna: Entender lo que es un estado, siempre expansivo, y contenerlo mediante el recipiente apropiado, sometiéndolo al control ciudadano de los patriotas (en el sentido de nacidos en el territorio nacional). Esta solución se llama democracia, y es el antídoto bactericida contra la infección estatal partitocrática. Ya se ha descrito, en este diario acrático, esa solución mil veces: representatividad, mandato imperativo asambleario e independencia de poderes desde las urnas. Pero, ¿será casualidad?, esa solución nos haría ser considerados enemigos de todos: de feudo-nacionalistas, de globalistas, de doble-nacionales y de fundamentalistas religiosos.

Y hay, aunque resulte menos digna, una solución segunda: En este mundo a extinguir de naciones y patrias, la vía de los judíos marca (desgraciadamente) el camino a seguir, que es el opuesto al que siguen los nacionalistas ávidos de mini-estados: la solución es la pertenencia a una nación global, al margen del territorio que ocupa la de nacimiento —ésta última se puede traicionar a conveniencia—. Ya imitan a los judíos algunos pueblos que se globalizan. Así, no es extraño oír hablar de la "nación musulmana" —a la que la judía tilda, por cierto, de nación terrorista ante los estados, azuzándolos contra ella—. Pero como no existe nada parecido a la "nación cristiana" desde la última cruzada, allá por el siglo XV, cuando el regente húngaro Hunyadi, a llamada del Papa Calixto III, organizó un ejército para hacer frente a los otomanos, habremos de preguntarnos cuál es la "nación occidental", si es que existe. Si descartamos aquellas naciones cuyos estados son lacayos del poder sionista, tanto por ser "democracias estatales" —cuyos estados las oprimen—, como por el liberalismo económico que las rige, no queda nada. Los occidentales estamos solos, aislados, sin ningún sentido de colectividad. Como no aparecerá un nuevo Hitler que, armándose del poder mental —y paranoide— de las sagas nórdicas y del intelectual de la religión albigense de los puros —además de toda la capacidad científica y tecnológica que secuestró EEUU—, recupere la noción de Europa, habremos de refugiarnos en la acracia y en la poco reconfortante razón. Pero ello, lo sabemos todos, nos conduce al declive y a la extinción individual y familiar. ¡Pobres de nuestros descendientes, a menos que inventen una potentísima nueva identidad religiosa neo-prepucial que los distinga del resto!

XABIER ALZURI CALAVERA
(Ingeniero y Humanista)


NOTA DEL AUTOR: Los españoles podemos imitar de alguna manera a los judíos, gracias a la conquista imperial de los Reyes Católicos y de sus descendientes, Carlos I y Felipe II. Basta con emigrar a Hispanoamérica y, en un par de años, adoptar la doble nacionalidad que nos permita vivir como uruguayos —pongamos por caso—, pero con las espaldas cubiertas por España (lo que reste de ella), con nuestro embajador en Montevideo como tímido remedo del rabino del Congreso Mundial Judío o de la Anti-Defamation League.

NOTA DEL EDITOR: Este artículo fue publicado por Ácratas el 19 de febrero de 2011.






Miedo Global
Infaustos recuerdos para el futuro






Los historiadores del siglo XXII —habrá de esperar la humanidad un siglo para tener cierta perspectiva— definirán casi con certeza la primera mitad del siglo XXI como la edad de la regresión, del retestinamiento obligado por una globalización irresponsable, egoísta (en la que prevalecerá el enriquecimiento de unos pocos sobre la inclusión y la sostenibilidad), criminal (sin concesiones a los pobres, carne transaccionable, depredable), engañosa (agitadora de onerosos fraudes como el del cambio climático, cuando la degradación medioambiental planetaria será imparable para mayor beneficio de las multinacionales, aunque se finja desde la impostora casta política luchar contra sus efectos en todos los medios de desinformación del globo); de la desesperada búsqueda de soluciones dentro de las propias fronteras de cada nación (con o sin estado), añorantes sus gregarios ciudadanos de la prosperidad real o imaginaria, romántica, nacionalista, de otrora, incapaces de comprender que la inmovilidad personal no se compadece con la movilidad diligentemente rápida, lumínica, de los capitales, que elegirán sin dudar un instante la inversión multinacional al préstamo al pequeño empresario —el microfinanciamiento da demasiado trabajo a igualdad de beneficios—, de manera que los llamados acuerdos de prosperidad universal del milenio acabarán por trasladarse al tercero —milenio—; de la sistémica irresponsabilidad financiera global, irresponsabilidad legal y formal de esa cuerda de mangoneadores del ahorro, creadores contables del dinero electrónico, milagreros multiplicadores de la riqueza ilegítima, que acabarán por embargar recursos naturales, expropiar fuentes energéticas, países enteros —los marines USA irán después de que el Banco Mundial haga su trabajo extorsionador— para resarcirse de la deudas soberanas incobrables; del agotamiento de los recursos en desarrollos tecnológicos para el control de la población (que ya hoy, merced a las tarjetas de crédito y los teléfonos celulares está perfectamente localizada —y escuchada cuando a la inteligencia le parece oportuno(1)— en cada instante de su vida; y gracias a la tecnología abusiva del GateWindows, monitorizada permanentemente a través de Internet por los robots buscadores de claves (palabras, frases, actitudes) del Mossad, el MI6, la CIA, en la supuesta lucha contra el ficticio, inaudito, esteáricamente imposible, terrorismo islámico (y también el anarquismo global de los antisistema —¿acaso no somos todos los intelectuales unos proscritos y peligrosos, aunque pacíficos, antisistema? Si no los somos, cabe preguntarse por qué, a qué nos estamos dedicando, en qué perdemos el tiempo mientras olvidamos nuestro deber—, considerados malditos por desagradecidos al plan global —es un Régimen— que explota en su nombre a países del tercer mundo para darles a ellos mejor vida al quedar habilitados para comerse las migajas de los manteles de los acaudalados y los poderosos) inventado por el Think Tank de Rumsfeld, Rice y Bush); de la multilateralidad y la transversalidad sólo para los medios, encubridores del verdadero ecumenismo de Bilderberg, la Trilateral, el foro de Davos, los Illuminati, todos ellos orquestados por la Masonería verdaderamente importante, no la de los Roundtablers, los Skull and Bones, la Sociedad Fabiana, etc., simples peones todos del verdadero conocimiento a cambio de una parte de la riqueza, sino los exclusivos miembros de la logia B'naï B'rith, el más alto rango del conocimiento y del poder omnímodo (también sobre la vida y la muerte del conjunto de los seres humanos).

La manera en la que se está respondiendo a la crisis desembocará, en los próximos meses, en el caótico futuro del planeta Tierra. Será la edad de la inculcada intolerancia popular (producto del encarecimiento de los alimentos y los combustibles, de la crisis financiera, del miedo a lo desconocido y del abandono por parte de la clase política —que seguirá atareada, cegada por el enriquecimiento urgente, último, y en la fuga de sus rapiñas a paraísos fiscales— del pueblo a su evidente suerte, tras el desencuadernamiento de los programas de protección social, tras la retirada de la financiación ayer abundante) en la que se culpará a los inmigrantes y extranjeros por el aumento del desempleo y por la miseria consecuente. La primera mitad del siglo XXI no será, para los historiadores del siglo XXII, la edad de la responsabilidad, como prometiera el oscuro presidente señuelo encumbrado a la Casa Blanca por los amos del mundo, el criminal desbaratador de la prosperidad de Kenia, Barack Obama, pues, para ello, serían necesarios un cambio de actitud y políticas de cooperación en los Estados Unidos y en todo el mundo, lo que no va a suceder mientras al poder mammonista no le pluga; sino que será, simple y llanamente, la edad de la decadencia.

XABIER ALZURI CALAVERA


NOTA DEL EDITOR: Con este artículo presentamos, en agosto de 2010, a nuestro nuevo colaborador, Xabier Alzuri Calavera, ingeniero y licenciado en Humanidades. Esperamos que sus aportaciones a este medio, lúcidos textos redactados con un bien personal estilo, nos ayuden a todos a comprender el mundo en el que nos ha tocado vivir.

(1) El autor se refiere al sistema SITEL, pagado por el Gobierno Aznar e implementado por el Gobierno Zapatero, que permite al ministro del Interior escuchar, desde el micrófomo de cualquiera de nuestros móviles, sin que se encienda, sin que lo notemos, todas nuestras conversaciones cara a cara. Es un micro espía situado en la habitación. Solución única: la que emplean los mafiosos y los grandes empresarios (¿O son lo mismo?) en sus reuniones: dejar los móviles fuera o quitarles la baterías.



Miedo Global
Infaustos recuerdos para el futuro






Los historiadores del siglo XXII —habrá de esperar la humanidad un siglo para tener cierta perspectiva— definirán casi con certeza la primera mitad del siglo XXI como la edad de la regresión, del retestinamiento obligado por una globalización irresponsable, egoísta (en la que prevalecerá el enriquecimiento de unos pocos sobre la inclusión y la sostenibilidad), criminal (sin concesiones a los pobres, carne transaccionable, depredable), engañosa (agitadora de onerosos fraudes como el del cambio climático, cuando la degradación medioambiental planetaria será imparable para mayor beneficio de las multinacionales, aunque se finja desde la impostora casta política luchar contra sus efectos en todos los medios de desinformación del globo); de la desesperada búsqueda de soluciones dentro de las propias fronteras de cada nación (con o sin estado), añorantes sus gregarios ciudadanos de la prosperidad real o imaginaria, romántica, nacionalista, de otrora, incapaces de comprender que la inmovilidad personal no se compadece con la movilidad diligentemente rápida, lumínica, de los capitales, que elegirán sin dudar un instante la inversión multinacional al préstamo al pequeño empresario —el microfinanciamiento da demasiado trabajo a igualdad de beneficios—, de manera que los llamados acuerdos de prosperidad universal del milenio acabarán por trasladarse al tercero —milenio—; de la sistémica irresponsabilidad financiera global, irresponsabilidad legal y formal de esa cuerda de mangoneadores del ahorro, creadores contables del dinero electrónico, milagreros multiplicadores de la riqueza ilegítima, que acabarán por embargar recursos naturales, expropiar fuentes energéticas, países enteros —los marines USA irán después de que el Banco Mundial haga su trabajo extorsionador— para resarcirse de la deudas soberanas incobrables; del agotamiento de los recursos en desarrollos tecnológicos para el control de la población (que ya hoy, merced a las tarjetas de crédito y los teléfonos celulares está perfectamente localizada —y escuchada cuando a la inteligencia le parece oportuno(1)— en cada instante de su vida; y gracias a la tecnología abusiva del GateWindows, monitorizada permanentemente a través de Internet por los robots buscadores de claves (palabras, frases, actitudes) del Mossad, el MI6, la CIA, en la supuesta lucha contra el ficticio, inaudito, esteáricamente imposible, terrorismo islámico (y también el anarquismo global de los antisistema —¿acaso no somos todos los intelectuales unos proscritos y peligrosos, aunque pacíficos, antisistema? Si no los somos, cabe preguntarse por qué, a qué nos estamos dedicando, en qué perdemos el tiempo mientras olvidamos nuestro deber—, considerados malditos por desagradecidos al plan global —es un Régimen— que explota en su nombre a países del tercer mundo para darles a ellos mejor vida al quedar habilitados para comerse las migajas de los manteles de los acaudalados y los poderosos) inventado por el Think Tank de Rumsfeld, Rice y Bush); de la multilateralidad y la transversalidad sólo para los medios, encubridores del verdadero ecumenismo de Bilderberg, la Trilateral, el foro de Davos, los Illuminati, todos ellos orquestados por la Masonería verdaderamente importante, no la de los Roundtablers, los Skull and Bones, la Sociedad Fabiana, etc., simples peones todos del verdadero conocimiento a cambio de una parte de la riqueza, sino los exclusivos miembros de la logia B'naï B'rith, el más alto rango del conocimiento y del poder omnímodo (también sobre la vida y la muerte del conjunto de los seres humanos).

La manera en la que se está respondiendo a la crisis desembocará, en los próximos meses, en el caótico futuro del planeta Tierra. Será la edad de la inculcada intolerancia popular (producto del encarecimiento de los alimentos y los combustibles, de la crisis financiera, del miedo a lo desconocido y del abandono por parte de la clase política —que seguirá atareada, cegada por el enriquecimiento urgente, último, y en la fuga de sus rapiñas a paraísos fiscales— del pueblo a su evidente suerte, tras el desencuadernamiento de los programas de protección social, tras la retirada de la financiación ayer abundante) en la que se culpará a los inmigrantes y extranjeros por el aumento del desempleo y por la miseria consecuente. La primera mitad del siglo XXI no será, para los historiadores del siglo XXII, la edad de la responsabilidad, como prometiera el oscuro presidente señuelo encumbrado a la Casa Blanca por los amos del mundo, el criminal desbaratador de la prosperidad de Kenia, Barack Obama, pues, para ello, serían necesarios un cambio de actitud y políticas de cooperación en los Estados Unidos y en todo el mundo, lo que no va a suceder mientras al poder mammonista no le pluga; sino que será, simple y llanamente, la edad de la decadencia.

XABIER ALZURI CALAVERA


NOTA DEL EDITOR: Con este artículo presentamos, en agosto de 2010, a nuestro nuevo colaborador, Xabier Alzuri Calavera, ingeniero y licenciado en Humanidades. Esperamos que sus aportaciones a este medio, lúcidos textos redactados con un bien personal estilo, nos ayuden a todos a comprender el mundo en el que nos ha tocado vivir.

(1) El autor se refiere al sistema SITEL, pagado por el Gobierno Aznar e implementado por el Gobierno Zapatero, que permite al ministro del Interior escuchar, desde el micrófomo de cualquiera de nuestros móviles, sin que se encienda, sin que lo notemos, todas nuestras conversaciones cara a cara. Es un micro espía situado en la habitación. Solución única: la que emplean los mafiosos y los grandes empresarios (¿O son lo mismo?) en sus reuniones: dejar los móviles fuera o quitarles la baterías.


ENERGÍA, DEMOGRAFÍA Y CRISIS CAPITALISTA (IV)

Cuarto de los cinco artículos prospectivos cruciales para conocer el futuro, bajo el epígrafe general de "Energía, demografía y crisis capitalista". Aquellos lectores que quieran saber cómo reaccionar ante la compleja crisis presente y su recrudecimiento futuro bien sea para evitar sus consecuencias o para, al menos, saber de qué morirán deben leerlos atentamente hasta entenderlos bien o aprendérselos de memoria.

LA ÚLTIMA BURBUJA
La crisis mundial es sistémica —se dice—. ¿Y eso qué significa? Que es el mismo sistema capitalista el que está en crisis. Ello se discute, se pone en duda, en foros económicos que intentan influir en la opinión pública. Es una discusión estúpida. Ya lo explicamos aquí:

Los indeseables subproductos del capitalismo son el beneficio y el ahorro, por ser acumulativos. El mantra que anuncia las burbujas es el de "ahorro igual a inversión". La acumulación del último gran ciclo desde la II Guerra Mundial ha dado como resultado que el ahorro total (dinero en cualquier forma) supere los 600 billones de dólares. El PIB mundial anual es de sólo 60 billones de dólares.

ENERGÍA, DEMOGRAFÍA Y CRISIS CAPITALISTA (II)

Segundo de los cinco artículos prospectivos cruciales para conocer el futuro, bajo el epígrafe general de "Energía, demografía y crisis capitalista". Aquellos lectores que quieran saber cómo reaccionar ante la compleja crisis presente y su recrudecimiento futuro bien sea para evitar sus consecuencias o para, al menos, saber de qué morirán deben leerlos atentamente hasta entenderlos bien o aprendérselos de memoria.

PREPARANDO EL ESCENARIO PARA UN BIG CRUNCH
El desafío de los peaks de máxima producción, no sólo del petróleo, sino de un centenar de commodities básicas para la industria (el oro incluido), es enorme, mucho mayor de lo que imaginan los desinformados. La recesión, sin duda preparada, artificial, se limita a crear las condiciones óptimas para enfrentarse al problema —limitando despilfarros, aumentando las eficiencias de los procesos industriales e invirtiendo en alternativas— al frenar momentáneamente el consumo de combustibles fósiles (de

LA ÚLTIMA BURBUJA

La crisis mundial es sistémica —se dice—. ¿Y eso qué significa? Que es el mismo sistema capitalista el que está en crisis. Ello se discute, se pone en duda, en foros económicos que intentan influir en la opinión pública. Es una discusión estúpida. Ya lo explicamos aquí:

Los indeseables subproductos del capitalismo son el beneficio y el ahorro, por ser acumulativos. El mantra que anuncia las burbujas es el de "ahorro igual a inversión". La acumulación del último gran ciclo desde la II Guerra Mundial ha dado como resultado que el ahorro total (dinero en cualquier forma) supere los 600 billones de dólares. El PIB mundial anual es de sólo 60 billones de dólares.

PREPARANDO EL ESCENARIO PARA UN BIG CRUNCH

El desafío de los peaks de máxima producción, no sólo del petróleo, sino de un centenar de commodities básicas para la industria (el oro incluido), es enorme, mucho mayor de lo que imaginan los desinformados. La recesión, sin duda preparada, artificial, se limita a crear las condiciones óptimas para enfrentarse al problema —limitando despilfarros, aumentando las eficiencias de los procesos industriales e invirtiendo en alternativas— al frenar momentáneamente el consumo de combustibles fósiles (de

Infaustos recuerdos para el futuro


Los historiadores del siglo XXII —habrá de esperar la humanidad un siglo para tener cierta perspectiva— definirán casi con certeza la primera mitad del siglo XXI como la edad de la regresión, del retestinamiento obligado por una globalización irresponsable, egoísta (en la que prevalecerá el enriquecimiento de unos pocos sobre la inclusión y la sostenibilidad), criminal (sin concesiones a los pobres, carne transaccionable, depredable), engañosa (agitadora de onerosos fraudes como el del cambio climático, cuando la degradación medioambiental planetaria será imparable para mayor beneficio de las multinacionales, aunque se finja desde la impostora casta política luchar contra sus efectos en todos los medios de desinformación del globo); de la desesperada búsqueda de soluciones dentro de las propias fronteras de cada nación (con o sin estado), añorantes sus gregarios ciudadanos de la prosperidad real o imaginaria, romántica, nacionalista, de otrora, incapaces de comprender que la inmovilidad personal no se compadece con la movilidad diligentemente rápida, lumínica, de los capitales, que elegirán sin dudar un instante la inversión multinacional al préstamo al pequeño empresario —el microfinanciamiento da demasiado trabajo a igualdad de beneficios—, de manera que los llamados acuerdos de prosperidad universal del milenio acabarán por trasladarse al tercero —milenio—; de la sistémica irresponsabilidad financiera global, irresponsabilidad legal y formal de esa cuerda de mangoneadores del ahorro, creadores contables del dinero electrónico, milagreros multiplicadores de la riqueza ilegítima, que acabarán por embargar recursos naturales, expropiar fuentes energéticas, países enteros —los marines USA irán después de que el Banco Mundial haga su trabajo extorsionador— para resarcirse de la deudas soberanas incobrables; del agotamiento de los recursos en desarrollos tecnológicos para el control de la población (que ya hoy, merced a las tarjetas de crédito y los teléfonos celulares está perfectamente localizada —y escuchada cuando a la inteligencia le parece oportuno(1)— en cada instante de su vida; y gracias a la tecnología abusiva del GateWindows, monitorizada permanentemente a través de Internet por los robots buscadores de claves (palabras, frases, actitudes) del Mossad, el MI6, la CIA, en la supuesta lucha contra el ficticio, inaudito, esteáricamente imposible, terrorismo islámico (y también el anarquismo global de los antisistema —¿acaso no somos todos los intelectuales unos proscritos y peligrosos, aunque pacíficos, antisistema? Si no los somos, cabe preguntarse por qué, a qué nos estamos dedicando, en qué perdemos el tiempo mientras olvidamos nuestro deber—, considerados malditos por desagradecidos al plan global —es un Régimen— que explota en su nombre a países del tercer mundo para darles a ellos mejor vida al quedar habilitados para comerse las migajas de los manteles de los acaudalados y los poderosos) inventado por el Think Tank de Rumsfeld, Rice y Bush); de la multilateralidad y la transversalidad sólo para los medios, encubridores del verdadero ecumenismo de Bilderberg, la Trilateral, el foro de Davos, los Illuminati, todos ellos orquestados por la Masonería verdaderamente importante, no la de los Roundtablers, los Skull and Bones, la Sociedad Fabiana, etc., simples peones todos del verdadero conocimiento a cambio de una parte de la riqueza, sino los exclusivos miembros de la logia B'naï B'rith, el más alto rango del conocimiento y del poder omnímodo (también sobre la vida y la muerte del conjunto de los seres humanos).

La manera en la que se está respondiendo a la crisis desembocará, en los próximos meses, en el caótico futuro del planeta Tierra. Será la edad de la inculcada intolerancia popular (producto del encarecimiento de los alimentos y los combustibles, de la crisis financiera, del miedo a lo desconocido y del abandono por parte de la clase política —que seguirá atareada, cegada por el enriquecimiento urgente, último, y en la fuga de sus rapiñas a paraísos fiscales— del pueblo a su evidente suerte, tras el desencuadernamiento de los programas de protección social, tras la retirada de la financiación ayer abundante) en la que se culpará a los inmigrantes y extranjeros por el aumento del desempleo y por la miseria consecuente. La primera mitad del siglo XXI no será, para los historiadores del siglo XXII, la edad de la responsabilidad, como prometiera el oscuro presidente señuelo encumbrado a la Casa Blanca por los amos del mundo, el criminal desbaratador de la prosperidad de Kenia, Barack Obama, pues, para ello, serían necesarios un cambio de actitud y políticas de cooperación en los Estados Unidos y en todo el mundo, lo que no va a suceder mientras al poder mammonista no le pluga; sino que será, simple y llanamente, la edad de la decadencia.

XABIER ALZURI CALAVERA


NOTA DEL EDITOR: Os presentamos, en este vacacional agosto de 2010, a nuestro nuevo colaborador, Xabier Alzuri Calavera, ingeniero y licenciado en Humanidades. Esperamos que sus aportaciones a este medio, lúcidos textos redactados con un bien personal estilo, nos ayuden a todos a comprender el mundo en el que nos ha tocado vivir.

(1) El autor se refiere al sistema SITEL, pagado por el Gobierno Aznar e implementado por el Gobierno Zapatero, que permite al Químico Rubalcaba escuchar, desde el micrófomo de cualquiera de nuestros móviles, sin que se encienda, sin que lo notemos, todas nuestras conversaciones cara a cara. Es un micro espía situado en la habitación. Solución única: la que emplean los mafiosos y los grandes empresarios (¿O son lo mismo?) en sus reuniones: dejar los móviles fuera o quitarles la baterías.


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