JOSÉ MONTILLA: UN EJEMPLO






Ejemplar, José Montilla, charnego nacido en Andalucía, se ha convertido, por razón de pactos de indescriptibles motivaciones, en el Molt Honorable President de la Generalitat de Catalunya. Y todos los coros entonan la misma canción: ¿Veis como Cataluña es un país de acogida? ¿Veis como no somos unos nazis?

¡Qué honor para un castellano, llegar hasta ahí! Pero olvidan algo mucho más importante: el cómo ha llegado ahí y el papel ejemplar que representa. Montilla es el paradigma del castellano hamburgueseado, reconstruido y homologado: Montilla habla un catalán de perro. Tan malo es, que parece idiota. Tarda segundos preciosos en traducir mentalmente lo que quiere decir. Muchas veces no encuentra el cómo, y cambia la frase y hasta de idea. Lamentable, pero fiel ejemplo de lo que le ocurre a millones de castellano-parlantes que, cada día, han de trabajar en su nueva patria de acogida, y someterse a ese proceso de inferiorización mental que los relega a los puestos de menor remuneración. Pero eso no es lo más importante: los rebaja como seres humanos, los rechaza, porque rechaza su lengua y su cultura y los convierte en alienígenas en su propio territorio nacional, España.

Montilla les da ejemplo, y les transmite: “No hablo un buen catalán, lo sé; y por eso, justifico la inmersión lingüística en la enseñanza, para que a vuestros hijos no les pase como a mí”. Sin embargo, él envía a sus trillizas al Colegio Alemán. Y, probablemente, razona: “Hablar una lengua extraña me hace lento de reflejos, porque dedico buena parte de mi actividad intelectual a traducir lo que pienso a esa lengua. Sin embargo, ello me hace parecer reflexivo, prudente y respetuoso. Aprovechad esas nuevas cualidades colaterales y renunciad a la agilidad mental, a la brillantez comercial y al lucimiento léxico. Guardaos los colmillos y presentad la yugular al enemigo”. Montilla es ejemplar en su talante acomodaticio, y su invitación a todos los españoles residentes en Cataluña al posibilismo y a la práctica el oportunismo lingüístico es una clara muestra de la corrupción cultural de Cataluña. Ejemplar, Montilla.

ÁCRATAS

MIEDO AL PUEBLO

La política española se caracteriza, en todas y cada una de sus actuaciones, por un recurrente miedo al pueblo, a su opinión, a sus decisiones. Históricamente, ha sido siempre así: en las postrimerías del franquismo, durante la transición, y ese miedo aún perdura en la actualidad.

Hubo miedo al Pueblo durante la redacción de la Constitución: a sus posibles represalias en Cataluña y, sobre todo, en el País Vasco, hasta entonces Provincias Vascongadas, si no se les concedían las autonomías ficticiamente necesarias, según una inventada necesidad alentada por las burguesías catalana y vasca. Miedo al Pueblo expresado en la Ley Electoral, que primó a los nacionalismos periféricos burgueses en detrimento del comunismo y otras ideologías extremistas (incluso las minoritarias, y que deja a cualquier partido con un soporte popular menor del 3% —¡qué barbaridad!— fuera del Congreso). Miedo al Pueblo en la elección del sistema proporcional de listas cerradas, en lugar del representativo; en la unificación e identidad de los poderes Legislativo y Ejecutivo, tanto en el ámbito estatal, como en las autonomías.

No es para menos. Pregúntenle a la cúpula del PSOE por el desbarajuste que se produjo en su seno, y por lo mucho que costó reconducir la riada a la cloaca, a causa de la libre elección popular entre las bases en sus primarias Borrell—Almunia. Eso ningún político está dispuesto a que suceda nunca más.

Ahora, en lo que él considera seguramente una chacota, Artur Mas ha exigido una modificación en la Ley Electoral catalana que obligue a aceptar como President de la Generalitat (y como formador y responsable del Govern) al cabeza de la lista más votada. ¡Qué aberración, no proponer que sea el Pueblo, simplemente, el que concurra a las urnas para la elección expresa e independiente del President de la Generalitat! ¿Por qué no lo hace así? ¿Es Mas tan ignorante como aparece? No. No puede ser tan iletrado como para no saber que así se resolvería, además del problema que él plantea, otros cuantos miles más.

Lo que le pasa a Mas es que prefiere arrimar el ascua mediática a su coyuntural sardina, solicitando un absurdo, a echar a perder el fundamento de la máquina de hacer dinero de la corrupción, que es la identidad de Legislativo y Ejecutivo, y el pactismo para la elección del President, imprescindible para la óptima venta de los espurios servicios de la Administración al tejido financiero y al gran empresariado catalán.

¿Qué sería de la corrupción si no coincidieran en signo político el Govern y el del Parlament? La lógica indica que la idea de Mas habría de incluir que el President (y su ejecutivo al completo) pudiera ser depuesto, en caso de corrupción, por el Parlament, con llamada automática de ambos poderes a las urnas. Lo contrario sería un escandaloso carrusel de permanentes denuncias de los enemigos políticos sin consecuencias de ninguna clase. Pero, si ha de ser así, lo lógico es permitir que sea el Pueblo el que elija al President a dos vueltas, y se haga juez y responsable de sus actos al frente del Ejecutivo.

La causa de que no se reclame (ni se permita) la elección a dos vueltas del President de la Generalitat es el miedo de los políticos, dada su falta de carisma y su sinvergonzonería congénita, a que, caso de presentarse a la Presidencia alguien carismático y no afecto a los partidos, como, pongamos por caso, un Albert Boadella, fuera el Pueblo capaz de hacerlo ganador en unas elecciones limpias, tal como eligió al advenedizo Borrell frente al preferido por el aparato del PSOE, Almunia. Por esa causa, mejor es seguir con lo de siempre: todo para el Pueblo, pero sin el Pueblo. Aunque ello signifique evidenciar —admitir— que se le tiene un miedo cerval e incontrolable.

SE CONSTITUYE EL PARLAMENT DEL OASIS






La respuesta a la exclusión del idioma castellano por parte de los políticos catalanes debe ser la correspondiente exclusión de la clase política catalana por parte del cuerpo electoral de habla castellana. Y no ir a votar. Es la solución: deslegitimar las urnas que nos excluyen por no hablar la lengua que a los políticos del corrupto oasis catalán les da la gana que hablemos.

Como Ciudadanos de Cataluña, el Partit de la Ciutadania, no lo ha visto así, se ha presentado a las elecciones y ha conseguido 3 diputados en el Parlament. Su pretensión de que esta representación significa algo positivo es incorrecta, pues, con ello, no hace más que legitimar al resto de los diputats, también electos en los mismos comicios, y a su política de exclusión de nuestra lengua.

Y, como era de esperar, ya han recibido la primera en la frente. Una muestra de lo que será la legislatura: el continuo amordazamiento mediático los tres diputats de Ciudadanos. Hoy ha quedado claro en la retransmisión de la constitución del Parlament. Se ha formado la Mesa de Edad: Balcells, 65 años; Rivera, 27; Ortiz, 27, y ha expuesto su discurso el Presidente del Parlament en funciones, miembro de Ciutadans pel Canvi, es decir, socialista. Y ha hablado de lo suyo, que es lo mismo de todos los componentes del oasis catalán: de consenso, de pacto, y de complicidad con el pueblo (como si el pueblo hubiera de ser cómplice de los crímenes de los políticos).

Luego, le ha llegado el turno (mínimo) a Rivera. Y Cuní, el comentarista mejor pagado de TV3, y uno de los peores esbirros al servicio del régimen, ha superpuesto su voz (repitiendo como un papagayo lo que ha dicho Balcells) a la posible expresión en castellano de Albert Rivera, llamando a la lista de los diputats, quien prometió que esa lengua, mayoritaria en cataluña, se oiría de nuevo en el Parlament, merced a Ciudadanos.

Una vergüenza. Pero así será siempre en los medios catalanes. Cuní no es más que un cabal ejemplo del profesional servicial y lameculos del abrevadero catalán. Los hay a miles. Conclusión única posible: Cataluña no existe.

ARTUR MAS, EL NENE LLORÓN






¡Qué infantil paradoja! Artur Mas anda por los medios lloriqueando como un niño, y sacando a sus huestes a la calle a expresar despechos y destetes porque, a pesar de haber ganado las elecciones, no gobernará en Cataluña.

Deshagamos el malentendido: Mas no ha ganado las elecciones; si acaso, lo habrá hecho CiU. Porque estas últimas no eran unas elecciones presidenciales, sino legislativas: el pueblo catalán, ha votados listas cerradas propuestas por los partidos políticos. La inferencia de que el cabeza de cada lista es el candidato a la presidencia es incorrecta: tal y como está la ley, el Parlament podría decidir el 21 de noviembre que el futuro President fuera Albert Rivera, de Ciutadans (es improbable, pero no imposible ni ilegal). El segundo punto es que CiU ha ganado las elecciones por una mayoría insuficiente para llevar a su candidato a la presidencia. Por eso será Montilla el que forme gobierno.

Artur Mas debiera reconocer (mejor, públicamente) que la Ley Electoral catalana es la asignatura pendiente de Cataluña, y lo ha sido durante los 23 años en el poder de CiU, los 3 de Tripartit y, probablemente, lo seguirá siendo para siempre. Porque la solución ha estado al alcance de la mano de todos, y nadie la ha defendido: Gobernar no es cosa del Parlament, sino del President de la Generalitat. Si es así, ¿por qué escoge al Prsident el Parlament, y no, directamente, el pueblo de Cataluña? Si así hubiera sido (qué oportunidad perdida, el nuevo y clónico Estatut), probablemente Artur Mas sería President y formaría el Govern sin tener que darle cuentas al Parlament, cuya única función sería redactar y aprobar leyes (por cierto: dado que el Parlament estaría dominado por las “esquerres”, serían leyes progresistas, si es que eso tiene aún sentido).

Gobernaría, por tanto, Mas; y ninguno de sus rivales podría quejarse, porque habría ganado las elecciones. Tras una primera vuelta con todos los candidatos, los dos más votados habrían sido Mas y Montilla. Y en una segunda, obviamente, los votantes de ERC, ante la disyuntiva Mas-Montilla, habrían optado por el primero, demostrando que, siendo, como son ambos, conceptos hueros, antes catalanes que progresistas; y los del PP, también: antes conservadores que españoles.

Este Estatut, que consagra la partitocracia a la española ( que es la alemana), fue pactado por todas las fuerzas del Parlament (con la excepción del PP en algunos asuntos): ninguna de ellas puso en duda el organigrama del poder. Ha sido un Estatut redactado para —es lo de siempre— apartar al Pueblo de la responsabilidad de la decisión: procurar que siga limitándose a votar profilácticas listas en cuyos primeros lugares están los de siempre: negociadores, transaccionadores, establecedores de cuotas (cuántas consejerías, cuántas comisiones, cuántos cargos, cuántos jueces). ¡Qué pingüe profesión!

Así es que, señor Mas, no sea hipócrita, descreído y falsario, y aguante lo que se le viene encima: cuatro años (serán cuatro, esta vez) de caos, de labor de mina y desecación de las redes de corrupción de su partido, que acabará (7 años son demasiados) por no ser tenido en cuenta como vehículo para la consecución de negocios turbios con la Administración. En ese aspecto, fundamental, imprescindible, para la incompetente clase financiero-empresarial catalana, CiU va a ser sustituida por el PSC y, algo menos, por ERC y IC-V. Y quedará demostrada una cosa: que lo que sostiene a un partido en el poder no es la ideología política (¡qué tontería!) ni el patriotismo (¡qué anacronismo!), sino la exhibición de unas impresionantes tetas ubérrimas con las que amamantar a la clase explotadora catalana, eterna lactante que se niega a crecer.

LA LIBERTAD DE ACTUAR EN POLÍTICA

Mientras la estafa de los Cebrián, Marías, Muñoz-Molina, Almudena Grandes y demás cuspidáneos, algunos de cuyos orondos culos ocupan los sillones de la Real Academia Española, no acabe por destruir el idioma español o castellano, el Diccionario de ésta sigue siendo la fuente originaria de definición de los conceptos. Y ahí comprobamos que la libertad de obrar posibilita el hacer algo, el trabajar en ello: ejecutarlo o construirlo; mientras que la libertad de actuar es algo más: es, habiendo entendido, penetrado y asimilado la verdad, tener la facultad de poner en acción recursos para producir un efecto específico sobre las cosas o las personas.

El Régimen español canaliza la libertad de actuar a través de la política, pero los poderes fácticos han restringido ese derecho a aquello que controlan, sobornan y coaccionan desde el Estado: los partidos y los sindicatos. La creencia generalizada de que, si algunos no están de acuerdo con la política actual, lo que tienen que hacer es crear un partido nuevo que propugne sus soluciones es el paradigma del secuestro, por parte del Poder, de la libertad de actuar a la sociedad civil. La intervención sobre el modelo democrático para tomar la libertad de actuar es imposible desde ahí, dentro del torbellino programático de soluciones para cada problema social.

Precisamente ése ha sido el error de Ciudadanos en Cataluña, de los autoerigidos representantes de esa parte de la sociedad civil excluida por el nacionalismo: que ha asumido el Régimen, según el modelo de la Transición, con tal de poder actuar. Y, tras crearse el nuevo partido, se están encargando ahora el resto de los existentes, circunstantes del pastel presupuestario, de clasificarlo, denostarlo y hundirlo. Eso es lo que todos los partidos catalanes (desde ERC hasta el PP) están haciendo con Ciudadanos: fascistizarlo mediáticamente.

Estoy convencido de que Ciudadanos jamás debió convertirse en partido, ni presentarse a las elecciones, sino que debiera haberse erigido en un ético movimiento ciudadano, cuyo dedo acusador permitiera la denuncia de todo aquello en lo que, precisamente, ahora participará: la mentira del Régimen ademocrático, el reparto del poder, de los sueldos y de las cuotas de subvención del Estado a los partidos. Los políticos —todos los trabajadores— se deben a quien les paga el sueldo. Por lo tanto, Ciudadanos jamás denunciará que el poder político catalán (igual que el del Estado Español) no está configurado como una verdadera Democracia. Ciudadanos, aún peor, ha contribuido a que se encauzara un río que se desbordaba: que la masa de indignados ante los estragos nacionalistas volviera al canalizado curso de la falsificación democrática.

Y por si a alguien se le ocurre pensar que también yo le tiro al cuello a los pobres Ciudadanos, diré que no: que a pesar de su error estratégico y táctico, siempre estaré con los marginados por el repugnante nacionalismo catalán, actúen como actúen. Aunque sé —me consta— que si ese hipotético Movimiento Cívico Ciudadano hubiera actuado pidiendo razonadamente la abstención en las elecciones autonómicas catalanas con la misma fuerza y vehemencia con la que ha exigido figurar en el Parlament, la representación política de Cataluña estaría hoy en quiebra, por falta de fiadores para esta otra gran estafa, mucho peor que la de los bestsellerados por el poder mediático postcultural.

ZAPATERO EN SU PATIO

La política de retroceso democrático de los partidos progresistas, de negociación con los independentistas y de perdón a ETA, es un misterio para mí. Puede que se sientan culpables de gales y torturas —no lo sé—, y que se trate de una negociación entre criminales de la misma calaña. Puede que consideren que los policías, y hasta los políticos de sus propios partidos, asesinados por ETA, merecieran la muerte. En fin, que no entiendo ni podré saber nunca en qué creen, o cuánto discurren, o cómo se autojustifican, personajes como Zapatero para rendir el armadísimo Estado Español a cuatro pistolas automáticas y unos kilos de goma-2.

Pero sí sé una cosa: que ETA asesinó además a gente inocente —valga como ejemplo el atentado de Hipercor. Y como esos inocentes pertenecían al Pueblo Español, que es el mío, me siento afectado e implicado, y facultado para representarlos. Y me creo con el derecho a no perdonar a un independentismo vasco cuyo brazo armado, ETA, nos ha diezmado durante décadas. Tampoco perdonaré a Zapatero el que consume su traición a mis hermanos muertos.

Pero, cosas de la partitocracia, lo único que puedo hacer es exigirle, pedirle o mendigarle a Zapatero que aborte ese indecoroso “proceso de paz”. Y él lo que hará es obviarme; o catalogarme como derechón o fascista, a pesar de que contribuí con mi irreflexivo, indignado y circunstancialmente desinformado voto, a llevarlo al poder. Si en España tuviéramos una Democracia verdadera, podría ir a exigírselo al diputado de mi circunscripción electoral, advirtiéndole de que, en caso de que se decidiera a respaldar a Zapatero, no contaría con mi voto nunca más. Y de que, además, propondría una moción de censura contra él por incumplimiento electoral.

Pero en España no hay Democracia real, sino una monarquía partitocrática, cuyos afanes de adquirir legitimidad para seguir teniendo autoridad la llevan a la feudalización y a la destrucción del Estado que recibió el Rey (y luego, los corifeos de los partidos, en ignominioso testamento) del dictador Franco. Y quizá sea éste el nudo que desentrañe el misterio de una negociación irreparable, humillante y desproporcionada: el Patio de Monipodio de la legitimación mutua de asesinos, ladrones e impostores.

¡CÓMO SE SUFRE, COJONES!

Se sufre mucho cuando se alcanza cierta lucidez. Acabo de comprobarlo viendo al impostor Santiago Carrillo vomitando mentiras -hasta apoyando al Rey-, hablando de la Ley de la Memoria Histórica. El ex-eurocomunista Carrillo, flanqueado por Jiménez Villarejo y entrevistado por la muy catalana señora Terribas, ha soltado incongruencias como la siguiente: “Si hemos anulado todas las leyes del franquismo, ¿por qué no anular los resultados de todos los juicios, incluso sumarísimos, del dictador?” Al poco, se veía obligado a mentir, respondiendo a la pregunta-dardo de la Terribas: “Y por qué no lo exigieron durante la Transición?”, con un impúdico: “Para evitar que la Derecha se radicalizase en el extremismo”.

La lucidez no te deja ser cándido y feliz, te indigna (le gritas al aparato de televisión) y te hace desear haber estado allí para sacarles los colores a ambos próceres de la impostura con un simple razonamiento: “Señor Carrillo: Nunca podremos anular los juicios ni las sentencias franquistas de forma colectiva porque, al no romper usted y sus transaccionales compinches con el Régimen entonces, validaron y avalaron con sus partidos todos los actos jurídicos anteriores. Porque esos actos estuvieron basados en unas leyes que fueron ustedes mismos reformando una por una, después. Luego ustedes, personalmente, admitieron que esas sentencias fueron legales. Ustedes son, por lo tanto, los traidores a los millares de víctimas y mártires del franquismo. Al mismo tiempo que avalaban las sentencias de garrote vil a asesinos y a inocentes, otros crímenes en defensa de la democrática legalidad republicana, como el genocidio de Paracuellos del Jarama, quedarían impunes para siempre. Por otra parte, lo honorable y lo español, señores Carrillo y Villarejo, era, en vez de perpetrar la Transición, haberse jugado la vida entonces, si falta hubiera hecho, para llegar a una ruptura con el Régimen: acorralarlo en las calles; aprovechar la euforia y las infinitas ansias populares de justicia para haber restituido la Democracia con una III República. Sólo así, Don Santiago, se podían haber anulado todas las sentencias del régimen criminal. Así es que, siga usted viviendo opíparamente como el excomunista monárquico que es, y deje sobre nuestros cráneos el poco pelo que nos queda.”

¡Cómo se sufre, cojones!

LA MEJOR CONTRIBUCIÓN A LA DEMOCRACIA ES LA ABSTENCIÓN

No hay mayor acto de desprecio que un político puede hacer a la democracia y al pueblo español que denostar a los que se abstienen en las urnas. Tildarlos de apáticos o de egoístas. O, peor aún, de incultos, de descerebrados, de cosificados o de masas de carne con ojos. Y se atreven, en plena jornada electoral, ciscándose en la Ley, a invitar a la participación electoral, con gran aparato de lúgubres vaticinios, de catástrofes para el país, si la gente no vota. E incitan sospechosamente, como mal menor, al voto en blanco, porque le atribuyen más dignidad que a la abstención. Hay que ser un perfecto idiota para sentirse obligado a ir a votar si no se desea, cualesquiera que sean las razones.

Los instigadores del voto saben que la abstención es un legítimo posicionamiento político, bien diferente del del voto en blanco: éste significa que el votante no encuentra opción partitaria de su agrado, aunque acepta el sistema; aquella, que no se está de acuerdo con el régimen. El ciudadano se abstiene por muchas razones diferentes de la indolencia: desde el anciano que no vota como reacción a desengaños reiterados, o por el negligencia social hacia su persona; hasta el jovencito anti-sistema, okupa de propiedades que no vota para dinamitar las ideologías convencionales. Y, en medio, todos nosotros: cultos o ignorantes, demócratas convencidos o escépticos crónicos, pero sabedores todos de que el régimen en el que vivimos no es justo, ni es una democracia, y de que nuestro voto sólo servirá para engordar las haciendas personales de los políticos y de sus amos; de que la abstención es un virus mortal para este régimen que vive del engaño.

La supuesta democracia española no es sino una gran obra de teatro en la que partidos y poderes públicos, como actores, fingen trabajar, amarte, odiarse, acordar o pelearse en ejercicio de un fingido libre albedrío. Mientras, el autor y el propietario del teatro sonríen satisfechos al ver que el público se lo traga y que parece no comprender que hasta el último de los movimientos en el escenario lo han decidido ellos. El propietario del teatro se llama en la realidad Poder Único, o Poder Fáctico, constituido por financieros, grandes empresarios, Medios de Comunicación, y sectas variopintas (desde el Opus Dei hasta la Masonería.) Pequeño colectivo que lo posee casi todo, que es el dueño del gran teatro que es España, en el que contemplamos embobados, o nos emocionamos, o gozamos o nos indignamos, según se haya decidido que evolucione la obra. Y los autores fueron los Padres de la Constitución, de infausto recuerdo: a mi juicio, gentuza y pésimos artistas, indignos de compartir profesión con Shakespeare.

Por si fuera poco, la entrada sale carísima: te cuesta una fortuna en impuestos, la libertad y, a veces, hasta la vida. A este teatro sólo entran gratis, repartidos por la sala, un montón de individuos que hacen de claca, que aplauden hasta despellejárseles las manos en momentos establecidos, para invitar al público incauto a seguirlos y para que la obra parezca un éxito.

Como es axiomático, la única forma de proceder ante una mala obra es no ir al teatro; y no recomendársela a ninguno de tus amigos o conocido. Y que el boca a boca acabe por dejar la sala vacía o, al menos, por debajo del límite de rentabilidad. Y que el dueño del teatro no pueda hacer otra cosa que despedir a la compañía entera, contratar a otra y cambiar de obra y de autor.

Si la próxima obra que se represente no se llama “La República Constitucional, o de cómo la separación real de Poderes trajo la Democracia a España”, de un tal Antonio García-Trevijano, no sé si lo conoceréis, porque es un autor muy poco representado, se lo advierto al dueño: seguiré sin ir al teatro. No pasaré por sus taquillas-urnas. De hecho, ni siquiera iré aunque me regalen la entrada en el revés de mi bono-bus.

PACTOS DE LA OLIGARQUÍA PARTITARIA

Tras las elecciones del 1 de noviembre, desde la perspectiva analítica de la política de pactos de gobierno en Cataluña, se vislumbran tres posibles soluciones.

La primera es la reedición del Tripartit, que sólo es defendida por los enloquecidos adictos al cargo del PSC, ERC y IC-V, y es una locura política que desembocaría en unas elecciones anticipadas en menos de dos años y en el definitivo descrédito de la pseudo-izquierda catalanista; y en un nuevo y aún peor desastre electoral en 2008.

La segunda es el pacto ultra-nacionalista CiU-ERC, que no la voy ni a comentar, por absurda: la izquierda y la derecha nacionalistas se pisan los callos en todos los ámbitos, ideológicos y en su competencia por el voto.

Y la tercera es la mal llamada socio-vergencia, que supone un pacto de apoyo mutuo entre CiU y el PSOE, ambos gobernando en solitario en su respectivo feudo regional y nacional. Se configura como la más lógica, y a eso vamos a toda velocidad, aunque le pese a Montilla. El gran fracasado de estas elecciones no tiene fuerza moral ni electoral para imponer su criterio al de Zapatero, quien apuesta por un gobierno en minoría de CiU con puntuales cheques de apoyo del PSC pagaderos en Madrid.

La política que veremos en CiU será extremista en lo nacional catalán (educación, bienestar social y cultura), empujada a ello por el discurso populista y demagógico de ERC (con la pasividad del PSC), y conservadora y corrupta en lo económico, apoyada por el PSC-PSOE. El PP seguirá mudo hasta que la gente se olvide de Aznar, lo que puede llevar un par de legislaturas más. Y los únicos que alegren el ambiente político serán los tres diputados de Ciudadanos, cuyas voces discordantes no perderán la ocasión de hacerse oír como elocuentes martillazos, en su intento de abrirse un hueco más amplio en las preferencias electorales de los vecinos decentes de Cataluña.

Todo ello muy interesante de ver desde la perspectiva del republicanismo constitucional, solución imperiosa y único recambio natural y terapéutico para este régimen corrupto y desacreditado.

¡ADIÓS, MONTILLA!

El resultado de las elecciones al Parlamento catalán representa un gran desastre para el socialismo catalanista, y es un anticipo del naufragio electoral del socialismo español en 2008, a causa de sus pactos con los separatismos periféricos.

José Montilla ha sufrido en sus propias carnes las consecuencias del catalanismo postizo al que se nos invita y empuja a todos los españoles de lengua castellana que vivimos en Cataluña. Obligados a fingirnos catalanes, a hablar catalán para no ser expulsados de la vida pública, somos el hazmerreír de los catalanes de verdad, minoría étnica que juega con inalcanzable ventaja en la consecución de cargos de poder en los que la expresión culta y el acento correcto son imprescindibles.

José Montilla ha avalado siempre unas reglas del juego social que marginan a sus propios votantes y, en justo castigo, ha sido marginado él mismo: sin poder hablar en su lengua materna, ha aparecido públicamente como un personaje gris, inculto y torpe; un charnego oportunista integrado y voluntarioso, sí; pero inhibido, sin recursos y sin talento. Son los efectos de expresarse en una lengua ajena, que no se domina; y los de adherirse a una cultura extraña, que no se conoce ni se comparte. Y ha quedado bochornosamente claro que, aunque finge tener acento catalán cuando se expresa en castellano, no habla catalán, en realidad. Doble falsedad inadmisible. La parte de sus bases que no está acomplejada, presintiendo el continuismo de las suicidas políticas pro-catalanistas de Maragall, le ha retirado su apoyo, y ha votado a Iniciativa, a Ciudadanos o se ha apuntado a la abstención.

Ante esta catástrofe, la cúpula completa del PSC debiera jubilarse en el acto o aprender la lección. Dejar su gratuita arrogancia a un lado y partir de cero: escuchar a sus bases, a sus votantes y a la ciudadanía. Y llevar al PSC a la oposición, de donde nunca debió salir. Dignidad, Montilla. Y lealtad. Así, en español. ¡Qué palabras más bellas en tu lengua materna! Recuérdalas cuando, más pronto que tarde, estés en tu destierro dorado del Parlamento Europeo, al que te empujarán estos ruinosos resultados.


MessageInOut, Ciudadano Libre

Artículos anteriores

Clásicos más leídos de todos los tiempos