LOS POLÍTICOS AGITAN SUS SONAJEROS

Los partidos hacen lo de siempre: cuando se acercan elecciones, agitan sus sonajeros para que los bebés políticos que somos los españoles nos fijemos hipnóticamente en ellos, y no miremos lo que hacen los partidos con la otra mano. Lo único diferente esta vez es que, tras la anestesia para los sentidos y las conciencias que ha supuesto la barbaridad del 11-M, el nivel de ruido de los sonajeros tiene que ser como el de los tambores de Calanda para que les hagamos caso, y no nos demos cuenta que son todos unos rufianes.

¿Qué ocultan los jodidos políticos detrás del ruido de sus sonajeros? Pues que en España no hay una verdadera Democracia. Vamos, es que ni se le parece. Y cuando los hideputas de los políticos (o de los periodistas a sueldo del Régimen, que son todos) critican a otro político que ha hecho algo terrible (pongamos un ejemplo: Carod propone a Mas como nuevo President si convoca un referéndum... y echará a Montilla. Efecto bisagra, le llaman a esto) dicen que el Tripartit no funciona. Perdonen: lo que no funciona es el Régimen pseudo-democrático, que permite con sus fulleras reglas acciones como esa.

Bastaría con que al President lo eligieran los catalanes, y no los partidos en “pacto de gobierno estable” (otro babilismo que no significa nada, como demuestra el ejemplo anterior: ¿estable el Tripartit?) , para que el problema no pudiera plantearse. Porque el Gobierno siempre sería estable, al estar decidido por mayoría absoluta entre todo el electorado catalán. Y Carod tendría que practicar sus masturbaciones soberanistas él solo en su casa, y no a costa del erario público. Y Montilla no estaría permanentemente chantajeado por el independentismo, porque no habría ni un solo conseller en su gobierno que no fuera del PSC o afín al mismo.

El Govern de la Generalitat tendría mayoría absoluta SIEMPRE. Mayoría absoluta otorgada por los únicos que pueden hacerlo: los ciudadanos de Cataluña.

¿ES ESPAÑA YA, DE FACTO, UNA REPÚBLICA FEDERAL?

(Viene de LA DERECHA NO ENTIENDE A ZAPATERO (NI AL PSOE))
La pregunta que cabe hacerse es qué sucederá si en las Elecciones Generales de 2008 Zapatero pierde la mayoría relativa que tiene hoy. La evidencia de lo sucedido en Cataluña y Galicia no permite dudar: si suma una mayoría simple con el resto de las izquierdas con representación en el Congreso, gobernará en coalición, otorgando ministerios, si fuera necesario, a ERC, BNG O Batasuna. Y, para asombro de algunos, la derecha nacionalista se abstendrá en la investidura. Enfrente, ganador de las elecciones, se quedará el PP con cara de pasmarote (como CiU en las autonómicas de 2006).
Lo más asombroso será si el PP obtiene la mayoría necesaria para, apoyado por las derechas nacionalistas, formar gobierno. Sus bases sociológicas gritarán: “¡Se acabó. Ahora todo volverá a su cauce!”. Pero se equivocarán. Nada volverá a ser lo que fue antes de la llegada de los socialistas de Zapatero al poder. Las leyes no se derogarán, ni las autonomías perderán sus competencias transferidas ni sus fueros. Recuérdese que el PP ha apoyado textos estatutarios tan anti-españoles como el andaluz y el valenciano (éste último con la cláusula de igualación de competencias a las catalanas). El PP es un partido autonomista, y basta oír la COPE o leer El Mundo para comprobar su almibarado aprecio y adhesión a la Constitución del 78 y a la España de las Autonomías.
El PP es un partido formado por la unión de derechas de bases ideológicas heterogéneas: liberales, monárquicos, conservadores, demócrata-católicos, carlistas y nostálgicos del régimen franquista. El Opus Dei maneja el poder en el partido a su antojo (son los más preparados). Siempre que el socialismo en el poder ha legislado sobre asuntos que ofenden a la Derecha, la facción ofendida se ha echado al monte y ha luchado en la oposición; pero cuando el PP ha llegado al poder, no ha derogado ninguna de esas leyes ofensivas, porque la ejecutiva del partido ha procurado que el criterio de las facciones más permisivas prevaleciese, comprendiendo que una cosa es no modernizar España, mientras pueda evitarse, y otra cosa muy diferente es retrotraerla a la caverna. El PP, pues, no modificará un renglón de lo legislado en cuanto a elección libre e igualdad de sexos, eutanasia o, lo que es peor, textos autonómicos de corte soberanista.
¿Hemos de sentirnos aliviados de que el PSOE salga del poder, porque así se frenará la deriva federalista del Estado? Sólo si somos unos crédulos y unos imprudentes. Porque los estatutos autonómicos se igualarán todos al catalán o al vasco. Y eso significa que España es ya, de facto, un República Federal de corte alemán, es decir, partitocrática, sin representación de la ciudadanía, sino de los partidos.
Primero, razonemos que es ya una encubierta República: en efecto, el Rey, y más después de su fallido golpe de estado el 23 de febrero de 1981, es un tótem decorativo sin más función que la de acatar las decisiones del efectivo, indiscutible y verdadero Jefe del Estado, que es el Presidente del Gobierno(no del Parlamento, eso es una mentira fácilmente evidenciable). El Jefe del Estado, pues, es un cargo electo, aunque no lo sea por el Pueblo, sino, en teoría, por el Parlamento. El que no haya elecciones específicas para los poderes Ejecutivo y Legislativo lo ha resuelto la chapuza española haciendo de las legislativas unas presidenciales mal encubiertas: la ciudadanía vota al Presidente y asume la patulea de mangantes levanta-manos que éste lleva adjuntos en su lista, confeccionada por él mismo. Luego, con el Congreso ya constituido, los pactos ignominiosos y traidores a los votantes eligen a uno de los cabezas de lista como Jefe del Estado y éste, inevitablemente, domina a partir de ese momento los dos poderes, Legislativo y Ejecutivo.
Segundo, veamos que se trata de una República Federal: en efecto, hay diecisiete pequeños estados de amplísimas competencias federados bajo un gobierno central. Cada uno de ellos tiene su propio Presidente, su Parlamento y su Poder Judicial. Legislan los estaditos sin más coacción que no usurpar competencias del Gobierno central (poquísimas) que todos los estados federados han “concedido” a la “Federación”. Discuten con los estaditos vecinos el disfrute de riquezas naturales, pleitean con el Estado, se plantan amenazando con “salirse de la federación” (eso es lo que hacen Batasuna y ERC). Sus cargos sólo pueden ser juzgados por sus propios tribunales superiores de Justicia. Deciden la lengua de su estadito, el sistema educativo, el impositivo, el sanitario, el de seguridad. Legislan creando agravios comparativos con otros estaditos e impiden la libre circulación de funcionarios entre estados. Si éstas no son funciones propias de un estado federal, que baje Dios y nos lo explique.
Lo peor es que el Régimen español es una especie de República Federal pasada de matute, y sin Democracia real: la acumulación de los tres Poderes, Ejecutivo, Legislativo y Judicial en las manos del Jefe del Estado es otra forma de dictadura, como la franquista. Si no hay independencia de poderes, simplemente, no hay Democracia. ¿Y si no es una Democracia, qué es lo que tenemos en España? Pues se llama Oligarquía de Partidos,una forma de Oligocracia política que falsea la realidad convirtiendo la libertad política de los ciudadanos en la mera elección entre las dos facciones oligocráticas que se alternan en el poder. Hablando claro: Zapatero es ahora mismo un Franco redivivo. Y Aznar, cuando estuvo en el poder, otro Franco redivivo. Y el resto de Presidentes del Gobierno, también.
¿Y el Pueblo? ¿Qué opina de todo esto? ¿Es que no lo sabe? ¿No lo intuye, al menos? El Pueblo Español se calla como un mudo, porque tiene firmado, desde 1939, un soterrado Pacto Nefando con el Gran Poder Fáctico, que reza así:

“Gran Poder:
Reconocemos que siempre que nos enfrentamos a ti salimos trasquilados. Desde la dictadura de Franco no creemos en nada, máxime, cuando la Transición fue un evidente camelo que no nos ha pasado desapercibido.
Por lo tanto: Delegamos en ti toda la responsabilidad del pago de nuestros sueldos, del futuro de nuestras hipotecas, de la educación de nuestros hijos, de nuestro entretenimiento, de nuestro modelo de estado y de nuestras jubilaciones. Esperamos morir en paz, de viejos y en la cama.
A cambio, prometemos asumir la monarquía parlamentaria autonomista o federalista o lo que sea, votar a quien nos digas, Tú sabrás cómo decírnoslo; trabajar en lo que Tú quieras al precio que Tú consideres correcto, porque sabemos que somos tus esclavos, pero también tus consumidores, o sea que nos necesitas Tú también para ganar mucho dinero. Y en ello confiamos como única tabla de salvación en caso de crisis.
Prometemos pagar los impuestos que nos digas, cuantos menos mejor, si se puede; y fingir que nos creemos el sistema. En tus manos encomendamos nuestros cuerpos y nuestros espíritus.
El Pueblo Español”
Por lo tanto, aunque Zapatero pierda el poder en 2008, España no podrá ser una, porque es un monstruo con 17 cabezas; ni grande, porque será tan pequeña como lo sea la mentalidad del más mezquino de sus Jefes de estadito; ni libre, porque el sistema partitocrático estatal, unido en su tarea coactiva a la de los otros 17, impide que ningún español sea otra cosa que un esclavo, sin libertad política. A lo más que puede aspirar un español, si no quiere asumir su destino con mansedumbre, es a ser un outsider perseguido por todos los partidos y por la caterva de millones de imbéciles que pueblan España, servidores voluntarios de la corrupta clase política que los explota y los deshonra.

LA DERECHA NO ENTIENDE A ZAPATERO

La Derecha no entiende a Zapatero. Y el caso es que tiene a su alcance todos los elementos para hacerlo, pero es demasiado autista para hacer tal análisis, aunque le vayan en ello el poder y aun la existencia. Y el caso es que Zapatero (como ETA) no esconde nada, aunque tampoco lo explique a la opinión pública. Pero sus intenciones están claras como el agua. El PSOE tampoco esconde nada: en sus estatutos advierte que es un partido federal.

La Derecha, dando muestras de su miopía de viejo sacristán, califica como cobarde la política de Zapatero. Eso creo que es falso. Pocos presidentes del Gobierno han sido tan osados llevando adelante su visión personal de España y de su futuro. Otra cosa es que el Presidente tenga razón, y que su quimera sea lo mejor para nuestra Patria. Pero, en pos de su idea, Zapatero se comporta casi como un suicida político.

Me explicaré: El proyecto de Zapatero es, básicamente, conseguir que una España que es y siempre ha sido sociológicamente de Izquierdas no vuelva a ponerse en manos de un gobierno de Derechas nunca más. Para eso tiene que conseguir dos cosas:

1. Unificar a todas las variopintas izquierdas de España (siempre cainitamente enfrentadas entre sí, siempre pendientes de sus particularismos); sean nacionalistas o no; y,

2. Deshacer en añicos el símbolo máximo de la Derecha española, que es el nacionalismo español ultramontano postimperialista. Es decir: el confesionalismo del Estado y el "Una, Grande y Libre".

Esos dos objetivos se consiguen simultáneamente mediante la instauración en España de una República Federal.Y, por anómalo o poco histórico que resulte, a ello va Zapatero. A esa meta (que no es sólo ideológica, sino también práctica) no puede llegarse de un solo golpe de mano, sino que debe alcanzarse por fases, aunque deban llevarse a término muy rápidamente, porque Zapatero no tiene tiempo: apenas (con suerte) dos legislaturas. Pero el Presidente cuenta con algo a su favor: el estúpido egoísmo de la clase política del PP, a la que le resulta irresistible el participar del pastel autonómico. La experiencia valenciana y, peor, la andaluza, lo demuestra. No debe el PP nacionalista español esperar ninguna ayuda del resto de las derechas nacionalistas periféricas, porque a éstas les beneficia el proyecto federal de Zapatero; como ejemplo, valga la "notariada" marginación de CiU al PP en Cataluña.

La primera fase, ya casi rematada, consiste en irritar y exacerbar al PP: legislando para todas las minorías oprimidas ancestralmente por la Derecha católica (entiéndanse así las leyes del matrimonio homosexual, de la eutanasia, de la libertad de sexo, la ley de género); apoyando descaradamente a todas las confesiones competidoras de la católica; reforzando el Estado Autonómico mediante estatutos prácticamente federales; y pactando con las izquierdas nacionalistas —eso ya se ha visto con la ERC y el BNG— para hacerse con los gobiernos autonómicos (y ahora sigue Batasuna).

Además de radicalizar al PP empujándolo, junto a sus simpatizantes, hacia posturas impresentables que preparan el salto a la fase siguiente, estas políticas causan un efecto hipnótico en la población, que siente que todos sus problemas podrían resolverse, si hasta los de los más marginados se zanjan. Como se trata de cuestiones justas para una mentalidad de izquierdas, coherentes con una ideología progresista, estas actuaciones invitan a la cohesión de esa Izquierda (independentistas incluidos) alrededor del proyecto común. No se trata sólo una política de gestos, que también lo es (como el no levantarse ante la bandera de EEUU o la retirada de nuestras tropas de Irak), sino algo mucho más profundo: de tramar la conexión neuronal de todas las fraccionadas izquierdas bajo el liderazgo de Zapatero y el PSOE.

La primera fase termina ahora con la tarea más enojosa, aunque totalmente necesaria para acceder al federalismo real: resolver el problema de Vasconia liquidando a ETA por el único camino posible, que es incorporando a la izquierda abertzale al Gobierno Vasco; y, si fuera necesario, no dudar en unificar Navarra y Vasconia, por su rédito colateral de trituración del carlismo y el catolicismo foral.

La segunda fase se iniciará tras la imprescindible victoria electoral socialista en 2008. Incluso el final de la primera fase, el copar los gobiernos vasco y navarro, pasa por ganar antes las Elecciones Generales de 2008.

La República Federal de corte Partitocrático contará en ese momento con el apoyo de toda la izquierda —española y nacionalista—, toda la derecha nacionalista y, para vergüenza de España, de una parte del PP que disfruta de los beneficios del gobierno en algunas autonomías (el apoyo del PP al Estatuto Andaluz, así lo deja entrever). Y esta parte de la Derecha Nacional entrará en el contubernio porque Zapatero le ofrecerá varias cosas que le resultarán irrechazables:

1. Transferirle competencias hasta ahora impensadas, como las de fiscalidad, justicia, inmigración, relaciones exteriores, economía y política energética.

2. Permitirle una autarquía verdaderamente taifizante. Comprometer la no intromisión del Estado en su manejo de los tres Poderes, Legislativo, Ejecutivo y Judicial, autonómicos. Es decir: garantizarle impunidad en la corrupción.

3. Convertir el Senado en una Cámara Federal para los pactos e intercambios transnacionales, lo que, por primera vez, dará sentido a su existencia.

Pero si acepta, que aceptará, la Derecha Nacional habrá firmado su sentencia de muerte como tal, para pasar a convertirse en una Derecha federalizada que dará, eso sí, cumplida respuesta a las ambiciones de todos sus barones.

Para la figura del Rey buscará la República Federal fórmulas, arreglos, que le garanticen el cobro de emolumentos millonarios. Y punto. Con eso, el viejo chivo coronado y su hemofílica estirpe, de sangre semi-azul por su sabor a magdalena, no pedirán más. Porque, aunque siga oculto a la opinión pública, puede conocerse, cuando el PSOE y el resto de la Izquierda quiera, la participación del Rey en el golpe de estado del 23-F. Los medios de PRISA y sus acólitos se encargarían del resto.

El Ejército ya no existe como elemento de acción política. Su profesionalización y la incorporación a Europa y a la OTAN lo hace inofensivo a nivel interno. Y esa inocuidad se la debe España al PP, que lo profesionalizó y lo destinó a acciones de policía en todo el mundo, al mando de EEUU, o de la OTAN, o de la ONU. Y el PSOE, al margen de golpes de efecto, seguirá con la misma política de engorde de la oficialidad, pan y circo. Además, el texto de la actual Constitución que manifiesta que “el Ejército garantizará la unidad de España”, no es incompatible con un Estado Federal, ni mucho menos. De modo que el Ejército será enviado a seguir pegando tiros a Afganistán, o Haití, o a donde toque, que siempre habrá acomodos en algún sitio. La venta de armas del Estado Español a facciones terroristas emergentes de todo el mundo seguirá poniendo su granito de arena para garantizar todo ese trabajo.

Pero, ¡ay desengaño!, la llegada de la República Federal no traerá la Democracia ni a España ni a ninguno de sus subconjuntos federados. Los tres Poderes del Estado, como los de todos y cada uno de sus estaduchos constituyentes, seguirán siendo tres formas diferentes de un mismo Poder Único. Los Presidentes serán siempre alguno de los cabezas de las listas de los comicios legislativos, elegidos tras un pacto de gobierno que garantice mayorías estables. Los poderes judiciales seguirán siendo elegidos por los parlamentos. La corrupción seguirá, por lo tanto, manchando la vida pública nacional, garantizada como siempre su impunidad. En la nueva República Federal las oligarquías locales camparán a sus anchas, siempre que paguen sus gabelas al respectivo Poder Único. El Estado y sus satélites seguirán explotando a la ciudadanía mediante impuestos agobiantes para poder pagar la factura de todos esos inútiles sobrecostos. La derecha económica puede, pues, dormir tranquila. Y la Derecha política nacional manifestará cada vez más su sentimiento de amor infinito por los pequeños terruños (al más fraguiano modo).

Y el Gobierno del Estado Español nunca más estará al alcance de la Derecha porque existe ya hoy (y aumentará en el futuro) una contradicción irresoluble entre los intereses económicos de la clase social que constituye y dinamiza la Derecha Nacional y el sentido de Nación Española. Porque la única vía que permitiría que España fuera alguna vez de derechas es que los españoles dejaran de ser explotados en sus trabajos como autónomos o por cuenta ajena, esquilmados por los impuestos, y pudieran llegar, de verdad, a prosperar económicamente; a que la clase media fuera cada vez más numerosa y rica. Y eso es justo lo contrario de lo que el PP ha conseguido en los 8 años en el Gobierno de España. Lo que ha hecho ha sido endeudarla, reducir su poder adquisitivo, proletarizarla, y abrir una brecha insalvable entre ricos y pobres. Tareas y objetivos a los que, desde el 14-M de 2004, se ha unido entusiásticamente el Gobierno del PSOE, porque esa expansión de la clase media tampoco le conviene nada; porque ante esa clase no podría entonar su actual y lucrativo “Arriba, parias de la Tierra”; ni su “¡Contra especulación, ocupación!”; ni siquiera su “¡Vosotros, fascistas, sois los terroristas!”; porque el PSOE medra, como las chinches, entre la pobreza y la miseria intelectual. Lo que le interesa al PSOE es mucha inmigración de patera y cama caliente, que reduce los sueldos de la clase trabajadora y que acabará votándolo. La convicción suicida de la Derecha política, confundiéndose con la económica, es creer que a ella también le conviene.

Así que la ciudadanía que se sienta de derechas y nacional debe prepararse psicológicamente para la Nueva España Republicana y Federal, en la que el antiguo y obsoleto eslogan: “¡Una, Grande y Libre!” se convertirá —para siempre ya— en un “¡Españas, dieciséis*, miserables y esclavas de su endeudamiento, de su incultura y de su deshonor!”

*Si el lector avispado, que sabe contar, debe deducir por sí mismo la que desaparecerá.

LOS PROGRES ADMIRAN A ETA

La progresía española tiene su zócalo ideológico anclado en el comunismo revolucionario. Claro está que vive muy bien hoy en día, que tiene propiedades, disfruta de vacaciones familiares y ostenta cargos en la Administración. Pero jamás admitirá todo ese oprobioso aburguesamiento.

En el fondo, sigue doble-pensando al estilo orwelliano: cree aún, aunque ya no son unos jovencitos hormonados, que las organizaciones ETA y FRAP fueron dos organizaciones adelantadas del nuevo movimiento revolucionario. Y que la primera todavía continúa en la brecha, convertida en la vanguardia del proletariado revolucionario vasco. Todo ello compatible con el sentimiento de ser unos verdaderos demócratas.

Es esa misma progresía que, en 1986, en la sede del PSC de la calle Nicaragua, aplaudió espontáneamente cuando los medios de comunicación anunciaron el asesinato de Ricardo Sáez de Ynestrillas, ametrallado por ETA (¡qué indignidad, en plena “democracia”!). Fue un aplauso muy sentido que proclamaba, simplemente, que todo vale contra el fascismo.

Después, con esta pseudo-democracia en la que sobrevivimos ya consolidada, la progresía ha seguido identificando el fascismo con la derecha, y el terrorismo no ha perdido su pátina romántica. Por esa razón, los progres sólo condenan el terrorismo cuando no tienen más remedio: cuando les asesinan a algún militante emblemático, como Lluch; cuando el crimen alcanza la magnitud del perpetrado en Hipercor; o cuando la opinión pública les obliga a hacerlo (aunque a veces llamen accidente —revelador lapsus-linguae— a un macro-atentado que siega dos vidas y hace escombros todo el aparcamiento de una terminal aérea, hecho que causa la estupefacción del mundo civilizado entero).

¿Por qué los progres apoyan ahora la liberación encubierta del vil asesino De Juana Chaos? Pues, simplemente, porque es una postura que expresa el enfrentamiento absoluto con la derecha española. Compelida por este afán confrontador, a la progresía no le achica el tildar a las víctimas del terrorismo de fascistas, si les parece conveniente (eso es “pecata minuta” para su snobismo tan revolucionario).

La progresía —esto es importante— es personalmente muy apocada y cobarde. Todo su extremismo es puramente intelectual, de salón o de librito rojo. Y por eso siente una evidente admiración por los revolucionarios violentos (Castro o Stalin —Ceaucescu no, porque no queda fashion un líder fusilado entre diarreas), y sufre un enfermizo complejo de inferioridad ante la exhibición de la violencia vasca que le hace babear ante lo bestial de sus acciones.

Esta inferioridad es especialmente evidente en los patéticos esfuerzos que ha hecho el independentismo catalán para homologarse con el vasco. A finales del siglo XIX el nacionalismo catalán buscaba aliados en Vasconia, pero fue indignamente despreciado por Sabino de Arana, quien les contestó:

“Fraternidad de raza no la hay entre esos españoles (los catalanes) y nosotros, como no seamos también hermanos de los coreanos. Pero tampoco somos hermanos de desgracia, porque la desgracia de los catalanes y la nuestra no se parecen en lo más mínimo. Los catalanes perdieron las leyes privativas de su región; nosotros hemos perdido nuestra nacionalidad e independencia absoluta. Equiparar nuestro derecho a constituir nación aparte, con el suyo, sería rebajar el nuestro. Nunca discutiremos si las regiones españolas como Cataluña tienen o no derecho al regionalismo que defienden; porque nos preocupan muy poco, nada por mejor decir, los asuntos internos de España”.

Este tipo de proclamaciones, reveladoras y acomplejantes, son ocultadas sistemáticamente debajo de la alfombra del nacionalismo catalán por los que escriben la “Nueva Historia”, falsificadores para los que Cataluña siempre ha sido una nación, y para los que 1714 es el año en el que perdieron una guerra entre naciones, en lugar de ser el de la claudicación de una ciudad (Barcelona) que, al igual que otras muchas de España, había decidido apoyar como Rey de España, su Patria común, única e indiscutida, al Archiduque Carlos, en vez de al rey Felipe V.

Volviendo a los progres: Hipnotizados como gallinas ante una raya en el suelo por la violencia de ETA y sus cachorros del terrorismo callejero , el influjo de dos compulsiones les empuja a la claudicación: primero, la admiración por aquellos que hacen lo que ellos no tienen agallas para hacer; y, segundo, una cobardía intrínseca que les impide enfrentarse a cualquier violencia. Y para disfrazar hasta no reconocer su síndrome de rendición, tienen que implicarse emocionalmente con los asesinos revolucionarios apoyando cualquier medida que los favorezca. Y que los acomode en el único lugar que les permite no sentirse unas sabandijas ellos mismos: en el pedestal de los héroes.

ESPAÑA HA MUERTO

Cataluña es un lugar de residencia inhóspito para cualquier español con dignidad. Aquí no se puede vivir con decoro, con libertad, con igualdad de oportunidades. Aquí, el que no se declara catalán y abraza la nueva fe nacionalista está socialmente descartado, no medra, no hace negocios, no obtiene cargos decentes. No queda más remedio que asumirlo. La solución última evidente —haciendo caso de las invectivas de los independentistas, de los violentos, de los excluyentes, de los que en el Camp Nou exhiben pancartas que rezan cosas como: “Catalonia is not Spain”— es volverse a España. Pero cuando, al fin, se toma tan dolorosa decisión, se descubre que España ya no existe.

¿Qué queda de España? ¿Qué es ahora? No, desde luego, el País Vasco o el Valenciano, o Galicia. ¿Quizá lo es Extremadura? ¿O Andalucía? ¿O Castilla-León? ¿O Cantabria? Los políticos de todas esas antiguas regiones españolas (y de las demás autonomías que no he mencionado, hasta un total de 17) siguen ya o quieren copiar el modelo estatutario catalán, insolidario y anti-español. Y disputan entre sí por el reparto de los impuestos o blindan el agua de “sus” ríos. ¡Qué poca Historia saben! ¡Y qué poca Geografía, especialmente Política! Ignoran que España es también, entre otras mil razones, una nación porque geográficamente ha sido desde siempre un ámbito autónomo separado del resto de Europa por una barrera física (y existe Portugal porque el Estado prefirió abortar la rebelión catalana antes que la lusa. Si no fuera por eso, todos sus ríos desembocarían en sus mares —a excepción del Garona, que nace en el Aneto y atraviesa el Valle de Arán, zona en conflicto permanente, incluso hoy, con Cataluña). Esa unidad geográfica no puede fraccionarse impunemente, sin producir innúmeros conflictos económicos, físicos y prácticos.

Los políticos son y actúan así de irreflexivamente, no importa el partido al que pertenezcan: no sólo los partidos nacionalistas son culpables. También, o aún más, lo son el federalizante PSOE y sus satélites; y el PP, esclavo de los curas y de las familias oligárquicas económicas. Ambos partidos “nacionales” (¡qué vergüenza, confundir el sentimiento con el mero ámbito de rapiña!) venden como generosa democracia lo que sólo es una miserable y tacaña oligarquía de los partidos. En consecuencia, en España mandan los polancos, los roucos, los botines. Al arrimo de los diversos Presupuestos del Estado en fractura, medran y roban miles de políticos y de empresas “estratégicas”. El monto de toda esta ignominia, de este inmenso fraude y de todo este descomunal deshonor, lo pagará el pueblo llano, trabajador, estúpido y fraguadamente incultísimo.

Nos han dejado sin patria los carrillos, los suárez, los felipes, los areilzas: Todos esos políticos (hijos de puta) que llevaron a término la Transición, —(¡que el reyezuelo, como su ancestro, diga aquí, si quiere: “...Y yo el primero”!). Y sus relevos actuaron después como lo hacen los brokers: descubrieron que la “empresa España” les valía más troceada que entera, y se apresuraron a desvalijarla. Los políticos se afanan ahora en una carrera para blindar sus prebendas antes de que el pueblo pueda apercibirse de la estafa, y les retire definitivamente su confianza. La bochornosa abstención en los referenda de las sucesivas reformas estatutarias evidencia que, perezosamente, está empezando a despertar de su opiáceo y ególatra sueño. Cuando acabe de hacerlo, será demasiado tarde.

España ha fallecido por extenuación. Descanse en paz. Quinientos años de historia no han podido con la laminadora propaganda de los medios, ni con las negras acciones de quienes anunciaban “Montesquieu ha muerto”; o “Las esencias de la democracia son la tolerancia y el consenso”; o “La política necesita de la complicidad de la ciudadanía” (en efecto, los grandes delitos precisan de muchos cómplices). Eran los negros augurios de quienes, ya entonces, despreciaron al pueblo, lo han estafado luego, y han logrado esclavizarlo haciéndolo compinche, invitándole, por ejemplo, a despreciar a los inmigrantes de otras regiones o “participar” del negocio de la especulación inmobiliaria.

El único sitio donde, acaso, se pueda aún ser español, sea fuera de España, en el “vasto extranjero”. Quizá el mejor continente para ser español sea Sudamérica (ahí he visto a catalanes y vascos exigiendo —a veces, implorando—, como nacionales españoles, servicios o protección de nuestras embajadas). Ya no queda ninguna otra solución que no sea emigrar, exiliarse voluntariamente; y escupir nuestro desprecio a todos los políticos. Y también a toda la caterva de españoles que, como si nada hubiera cambiado desde la muerte del miserable dictador, toleran vivir sin Democracia y sin Patria. Son todos basura. Tal para cual. Se merecen unos a otros.

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