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PARLAMENTO TOTALITARIO

Dictadura y totalitarismo no expresan un mismo tipo de dominación de la Sociedad por el Estado. La dictadura, personal o de partido único, se define por el monopolio del poder estatal y, en consecuencia, por la prohibición de la política, en tanto que competición abierta entre fracciones de la sociedad para la conquista y conservación del poder en el Estado. El totalitarismo no se limita a suprimir, como la dictadura, la libertad de acción política. Borra, además, las fronteras entre lo privado y lo público. La dictadura de Franco no fue totalitaria. Respetó lo esencial del derecho civil: familia, propiedad y contratación, salvo en la esfera laboral.

El Estado de Partidos creó un nuevo tipo de dominación, un oligopolio del poder estatal entre varios partidos, financiados por el Estado y convertidos en órganos del mismo. Además de mantener la imposibilidad de controlar al gobierno, como en la dictadura, este Régimen oligárquico dio paso libre al poder totalitario del ejecutivo sobre la sociedad, mediante la sindicación estatal de las organizaciones obreras, la jefatura de jueces, Magistrados y un tribunal superior (TC), y la soberanía de un Parlamento inferior que ignora los límites del parlamentarismo. Según los postulados básicos de la ciencia política, este Régimen es una oligarquía totalitaria, por turnos de partido. La pirámide totalitaria la componen: el partido estatal gobernante, su parlamento, su TC, sus magistrados, su televisión, los sindicatos estatales, los partidos estatales de oposición formal y los partidos estatales autonómicos. La sujeta, un Rey acomodaticio. La sostiene, la mentira de la sociedad mediática, incluida la docente, de que esto es la democracia. La financia, la especulación de la burbuja financiera. La alimenta, el mundo profesional metido en la burbuja inmobiliaria. La legitima, la masa de votantes que ratifican listas de partido sin elegir a sus representantes.

Para quien dude del rigor científico y realista de este análisis no hay que recordar los parlamentos autonómicos que, en España, inventan naciones. Bastarán los ejemplos actuales de totalitarismo parlamentario. Sin que ningún partido se oponga, el PSOE pretende que rindan cuentas en el Congreso: 1. El Presidente del CGPJ, sobre el caso Tirado. 2. El Presidente de Iberia, sobre el caos de Barajas. 3. Las cinco Asociaciones judiciales, sobre su amenaza de huelga. 4. Seis Presidentes de Bancos y Cajas de Ahorro, sobre su retraso en el flujo de liquidez a la economía. Es decir, todo lo público y lo más potente de lo privado en el puño de un partido.

ANTONIO GARCÍA-TREVIJANO FORTE
Diario de la República Constitucional

BANCA ESTATAL

Sede del Banco de Santander

No serán las ideologías, sino los futuros acontecimientos, quienes decidirán si los bancos de depósito y crédito, deben continuar siendo propiedad de los accionistas, y dirigidos por unos administradores de su confianza que, por ser fieles al ánimo de lucro inherente al capitalismo, han creado la inflación crediticia causante del colapso internacional del sistema financiero. Pues los hoy denostados administradores sólo han hecho lo que les permitía el mercado amoral de la especulación, como lo harían los que los critican a toro pasado, si hubiesen tenido esa misma oportunidad de negocio.

De momento, y por temor ideológico a la nacionalización, los gobiernos liberales de EEUU y los socialdemócratas europeos están improvisando fórmulas intervencionistas, de porvenir incierto, que convierten de hecho al Estado: en propietario de bancos hipotecarios quebrados; en rescatador de bancos de negocio y fondos de inversión naufragados; y en avalista de los depósitos en todos los bancos comerciales. Estas medidas expeditivas serán gestionadas por los mismos expertos en especulación que ocasionaron el caos financiero. El secretario del Tesoro, Hank Paulson, ha reclutado para su equipo gestor a los mejores especialistas de la odiada Wall Street.

Si la crisis del sistema financiero, en una economía mundialmente globalizada, llega a estancar el sistema de producción, empleo y consumo, lo que hoy parece un despropósito de la economía de mercado, estatalizar la banca, será moneda de uso corriente en la opinión pública. Fueron las necesidades de los mercados nacionales las que estatalizaron los bancos emisores de moneda, en el siglo XIX, y ningún sector liberal pide hoy que se privaticen los Bancos Centrales. Fue la Gran Depresión del 29 la que impuso la intervención directa del Estado, no en la simple regulación del mercado, sino en la economía de producción y consumo, con gigantescas obras públicas y demandas a largo plazo de bienes de equipo a la industria privada. La guerra mundial acentuó esa tendencia, que en la postguerra dio lugar a la formación de grandes corporaciones. La gran industria necesitó ser asistida por una gran banca privada. Hasta que, con el final de la guerra fría y de los viajes a la luna, ese predominio se invirtió, y el capital financiero tomó el control de la economía industrial y los gobiernos. La reflexión no ideológica, sobre la actual coyuntura económica y la adecuada política estatal que requiere, está convocada en la vocación de este Diario.


ANTONIO GARCÍA-TREVIJANO FORTE

[Diario Español de la República Constitucional]

CAUSA DE LA CRISIS FINANCIERA

Los analistas de la economía, incluso los que presagiaron desde hace años el estallido de la burbuja inmobiliaria -hipotecas basura en EEUU, Reino Unido, Irlanda, Alemania, Bélgica, España y otros países- opinan ahora a remolque de las noticias del día. Carecen de criterio. El pánico, ante una quiebra del sistema capitalista, les hace ser entusiastas acríticos de todo tipo de medida intervencionista del Estado, desde las nacionalizaciones de bancos y aseguradoras -Estados Unidos, Gran Bretaña, Alemania, Bélgica, por ahora-, hasta la compra masiva de créditos bancarios dañados por morosidad o insolvencia de deudores particulares.

A los gobiernos, partidos de oposición, gran banca de depósito y medios de comunicación, les conviene echar toda la culpa de la crisis financiera a las hipotecas basuras. Es una forma de ocultar o diluir la responsabilidad de los verdaderos agentes inmediatos del desastre. Si el problema estuviera en las hipotecas basura, donde el valor del bien hipotecado, al no cubrir todo el nominal del crédito, causaría la quiebra de la entidad hipotecante -si se contrajera la demanda de viviendas, y éstas dejaran de aumentar su precio-, la solución sería bien sencilla y no perjudicaría a la liquidez inmediata del sistema crediticio. Bastaría que una entidad estatal comprase por su valor de mercado -por ejemplo, 50 % del nominal- los créditos dañados; pusiera la liquidez de ese precio en el circuito financiero; y reclamara luego a los deudores la mitad de sus hipotecas con facilidades de pago.

Pero en los momentos de pánico casi todo el mundo reacciona de la misma manera: “no hay que mirar al pasado, sino todos unidos, como en el 11-S, dar una solución patriótica de futuro” (McCain). ¡Como si fuera posible encontrar alguna solución sin identificar y localizar la causa que ocasionó la catástrofe financiera! Todo remedio que se aplique será vano, incluso a corto plazo, si no se ataca de raíz la causa pasada de la crisis actual.

Pero hay miedo del candidato republicano al pasado de su jefe de campaña, a sueldo de Freddie Mac, una de las entidades crediticias que está en el origen del problema. Miedo de Henry Paulson, puesto de rodillas ante la portavoz del partido demócrata, Nancy Pelosi, para pedirle que no se airee en público que llegó a la Secretaría del Tesoro, desde la presidencia de una de las grandes sociedades causantes de la burbuja financiera. Nadie quiere saber que el factor desequilibrante del mercado crediticio no ha estado tanto en las hipotecas basura (subprime), como en la artificial riqueza monetaria, creada de la noche a la mañana, con la negra especulación, a la baja bursátil, de los fondos de alto riesgo. Una manipulación de las cotizaciones, incomprensible para los inexpertos, pero delictiva.

En artículos y editoriales de este Diario, trataremos de explicar cómo ha sido posible que esos Fondos de Alto Riesgo premiaran a sus ejecutivos con un dos por ciento de la cifra de negocio, más un veinte por ciento de los beneficios. Entre ellos, a Henry Paulson, a quien Bush quiso convertir en dictador, sin ley ni control, como gestor único de 700 mil millones de dólares públicos para salvar a la banca privada de la catástrofe que él mismo contribuyó a causar. Lo decisivo fue que dichos Fondos, por su alta rentabilidad, lograron cautivar ingentes masas de dinero, procedentes de fondos de pensiones, compañías de seguros, bancos de inversión, cajas de ahorro, empresas inmobiliarias, Universidades, Fundaciones, Iglesias, grandes empresas editoras y, cómo no, bancos de depósito. Esas entidades se verían muy afectadas por la quiebra de los Fondos de Alto Riesgo.

Con el pretexto demagógico del peligro de desempleo y de las hipotecas basura, todos los medios, conservadores o progresistas, apoyaron el plan inicial de Bush. Las bolsas suben ante la noticia de cualquier tipo de intervención estatal, y bajan si se retrasa. No confían en su propio mercado bursátil.

Lo que importa destacar ahora es el prejuicio político de los que aprueban o condenan dicho Plan (mejorado en la propuesta que el Congreso ha rechazado) por razones ideológicas, como si existiera una teoría económica de carácter científico, de valor universal y permanente, que no haya sido concebida para cada coyuntura histórica de la economía.

Cuando el capital agrícola dominaba la actividad económica, se fraguó la doctrina de la fisiocracia. Cuando el capital comerciante tomó el relevo, Adam Smith creó la teoría de la libertad de mercado, autorregulado por su mano invisible. Cuando la mano visible del capital industrial imponía las reglas del mercado, Saint Simon inventó la tecnocracia, y Carlos Marx el control del proceso productivo por el Estado. Cuando los ciclos expansivos o depresivos azotaban la economía internacional, Keynes creó las nociones contables de la macroeconomía, para no ahorrar, invertir y endeudarse en tiempos de depresión. Desde que el capital financiero domina al industrial, no hay más política económica que la monetaria y la fiscal. El Plan Bush es monetarista, pues aumenta el capital circulante, y es fiscal, pues también crecería la receta impositiva, si no se emite nueva moneda. Nada tiene esto que ver con el socialismo financiero ni el capitalismo social.

La visión de la crisis financiera es distinta en EEUU y Europa. Allí hay democracia, es decir, separación de poderes. Aquí no. Ocho años de Bush han propiciado la burbuja financiera, la hipotecaria y la actual crisis crediticia. Es normal que el legislativo haya rechazado su Plan de rescate para la oligarquía bancaria. Mientras aquí, Sarkozy lo apoya y pregona la necesidad de refundar el capitalismo sobre bases éticas, partiendo de cero. No quiere saber que no hay capitalismo salvaje, sino ánimo de lucro sin reparos morales, si los gobiernos no ponen límites a su libertad de acción.

ANTONIO GARCÍA-TREVIJANO FORTE

[Diario Español de la República Constitucional]

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