¿Alguien se ha preguntado alguna vez en este país (España me refiero) por qué se desechó en plena crisis energética la posibilidad de la energía nuclear como fuente de aprovisionamiento coyuntural o provisional al menos para un momento tan crucial para las economías occidentales como fue el de finales de los setenta? Pues yo os lo voy a decir: porque ETA se cargó la central atómica de Lemóniz y todo el mundo dio por bueno que la salida nuclear no era la solución para los problemas energéticos de entonces. Mientras tanto Francia construyó en su territorio europeo la cantidad de centrales nucleares más importante en suelo europeo y aún mundial, en relación a los kilómetros cuadrados de la superficie considerada.
A Francia nadie le dijo nada entonces, ni se suscitó ningún debate a nivel nacional que pusiera en cuestión esa solución. Porque los ciudadanos franceses, esos que tan apreciados son para mi apreciado Mess, fueron conscientes de que una y no más: Francia había sido invadida y dominada por Alemania en la Segunda Guerra Mundial y no estaba dispuesta a que esto volviera a suceder nunca jamás: para ellos existe eso que se llama orgullo nacional. Y frente a Estados Unidos, a Rusia y a los países productores de petróleo, la única solución para Francia, para ser y seguir siendo una nación independiente, soberana y con pujanza en el mundo, era la energía nuclear.
En España, una organización terrorista, apoyada por movimientos ecologistas y por un nacionalismo vasco vergonzante que agachaba la cabeza y decía amén a sus correligionarios más extremistas, consiguió que el Estado se la envainara y que decidiera, por ello mismo, que la energía nuclear no había sido inventada para implantarse sobre la piel de toro. Las centrales que se construyeron y que aún se mantienen en activo son como una especie de parque temático para universitarios en prácticas, si las comparamos con los complejos nucleares franceses del otro lado de la frontera.
La identidad por toda política, queridos amigos de Ácratas, aplicada al caso vasco y al proyecto de central nuclear más importante nunca visto hasta entonces en España, y que se pretendía radicar nada menos que en Lemóniz, dio como resultado que el futuro energético, y al mismo tiempo económico y, sobre todo, político de España en el concierto internacional se viera perfectamente lastrado para un siglo por lo menos y todo porque desde el nacionalismo vasco, radical pero también moderado de entonces, se decidió ir en contra de la construcción de aquella central. Luego podremos pensar que es que España es lo que es y que da para lo que da. Pero los hechos son tozudos y a la vista están: la identidad vasca entonces decidió el futuro energético, económico y político de todo el Estado español para el futuro.
Ahora el objetivo es el TAV. Todos sabemos que no es lo mismo, que un tren de alta velocidad es mucho más atractivo para la ciudadanía, más práctico, no contamina, y sus implicaciones ecológicas son muchísimo menores que las que puede tener cualquier autovía de hoy en día. Hace poco pasé por el centro de Navarra, en coche, y observé los movimientos de tierra ingentes que están realizando allí para terminar la llamada Autovía de los Pirineos, que enlazará la capital navarra con Jaca. Nadie dice nada ni se mete con eso pero el efecto de barrera natural que va a ejercer esa autovía, además de la carga de vehículos que va a llevar consigo dejarán muy pequeñitos los efectos contaminantes o antiecológicos de la vía del futuro TAV. Pero ese no es objetivo interesante ni mediático, parece ser. Entonces, ¿de qué estamos hablando aquí? O dicho de otro modo: tanto en el caso de Lemóniz como ahora en el del TAV, ¿qué es lo que preocupa, la ecología, el futuro energético de un país, el bienestar económico o acaso tal vez por ventura otra cosa, sí, sí, premio, la identidad?
A Francia nadie le dijo nada entonces, ni se suscitó ningún debate a nivel nacional que pusiera en cuestión esa solución. Porque los ciudadanos franceses, esos que tan apreciados son para mi apreciado Mess, fueron conscientes de que una y no más: Francia había sido invadida y dominada por Alemania en la Segunda Guerra Mundial y no estaba dispuesta a que esto volviera a suceder nunca jamás: para ellos existe eso que se llama orgullo nacional. Y frente a Estados Unidos, a Rusia y a los países productores de petróleo, la única solución para Francia, para ser y seguir siendo una nación independiente, soberana y con pujanza en el mundo, era la energía nuclear.
En España, una organización terrorista, apoyada por movimientos ecologistas y por un nacionalismo vasco vergonzante que agachaba la cabeza y decía amén a sus correligionarios más extremistas, consiguió que el Estado se la envainara y que decidiera, por ello mismo, que la energía nuclear no había sido inventada para implantarse sobre la piel de toro. Las centrales que se construyeron y que aún se mantienen en activo son como una especie de parque temático para universitarios en prácticas, si las comparamos con los complejos nucleares franceses del otro lado de la frontera.
La identidad por toda política, queridos amigos de Ácratas, aplicada al caso vasco y al proyecto de central nuclear más importante nunca visto hasta entonces en España, y que se pretendía radicar nada menos que en Lemóniz, dio como resultado que el futuro energético, y al mismo tiempo económico y, sobre todo, político de España en el concierto internacional se viera perfectamente lastrado para un siglo por lo menos y todo porque desde el nacionalismo vasco, radical pero también moderado de entonces, se decidió ir en contra de la construcción de aquella central. Luego podremos pensar que es que España es lo que es y que da para lo que da. Pero los hechos son tozudos y a la vista están: la identidad vasca entonces decidió el futuro energético, económico y político de todo el Estado español para el futuro.
Ahora el objetivo es el TAV. Todos sabemos que no es lo mismo, que un tren de alta velocidad es mucho más atractivo para la ciudadanía, más práctico, no contamina, y sus implicaciones ecológicas son muchísimo menores que las que puede tener cualquier autovía de hoy en día. Hace poco pasé por el centro de Navarra, en coche, y observé los movimientos de tierra ingentes que están realizando allí para terminar la llamada Autovía de los Pirineos, que enlazará la capital navarra con Jaca. Nadie dice nada ni se mete con eso pero el efecto de barrera natural que va a ejercer esa autovía, además de la carga de vehículos que va a llevar consigo dejarán muy pequeñitos los efectos contaminantes o antiecológicos de la vía del futuro TAV. Pero ese no es objetivo interesante ni mediático, parece ser. Entonces, ¿de qué estamos hablando aquí? O dicho de otro modo: tanto en el caso de Lemóniz como ahora en el del TAV, ¿qué es lo que preocupa, la ecología, el futuro energético de un país, el bienestar económico o acaso tal vez por ventura otra cosa, sí, sí, premio, la identidad?
Saludos maketos antinucleares (por si acaso aquí alguien pensaba que a mí me parece muy bien que tengamos el planeta lleno de residuos nucleares de por vida: los franceses lo resuelven con sus posesiones de ultramar, auténticos cementerios nucleares, pero nosotros, ¿cómo lo resolveríamos? De sobra está decir que tampoco esto es lo que les preocupaba a los nacionalistas extremos que iban contra Lemóniz: para ellos la cuestión del futuro económico de España les traía al fresco, evidentemente: es más se frotan las manos pensando que España sigue siendo una potencia de segundo o tercer nivel por haberles hecho caso y no implantar las centrales nucleares de forma masiva, como hizo Francia, a la que esos mismos nacionalistas vascos le tienen otro respeto, claro).
PEDRO JOSÉ CHACÓN DELGADO
Dedicado a Mess, con cariño y sin acritud