El desplome




Como veíamos venir, la guerra de divisas está produciendo consecuencias catastróficas. La Bolsa norteamericana se enfrenta al colapso, conforme la batalla monetaria se hace más y más virulenta. El índice Dow Jones acaba de establecer un nuevo récord: 800 puntos abajo en cuatro días. Nuestros lectores habituales conocen las causas. China, enfrentada a la caída de sus exportaciones, necesita hacer sus bienes más baratos al cambio. Desde el 8 de agosto, el yuan se ha devaluado un 9%. Y todos los expertos señalan que hay margen para bastante más. Toda devaluación significa que el estado pondrá en circulación más moneda en la exacta proporción en la que ha devaluado. Y que tal estado puede bajar las tasas de interés de su dinero --que es lo que acaba de hacer--, porque no lo necesita de los ahorradores. Ya se lo fabrica él mismo. Más dinero circulante conducirá a más inversión privada y, desgraciadamente, a un pronto encarecimiento de los precios internos.

China acusa a la Reserva Federal de los Estados Unidos de haber desatado la crisis actual al anunciar la subida de las tasas de interés para este otoño. Ello implicará una inmensa retirada de capitales de la Bolsa para acudir a la compra de bonos del estado. Y algo mucho peor: que las empresas no podrán acudir fácilmente al crédito a interés cero para recomprar sus propias acciones y levantar su cotización bursátil: más primas para los ejecutivos, mientras los accionistas son estafados, víctimas de la financiarización. Más ruina para los ciudadanos de los Estados Unidos, porque el gobierno no utilizará ese dinero para generar empleo, sino para seguir interviniendo en la política internacional como un caballo en una cacharrería.

¿Por qué devalúa China? Porque no tiene alternativa. Las otras dos opciones para seguir exportando --es decir, lograr que los bienes lleguen a un menor precio final a un arruinado comprador occidental-- son la subvención estatal y la bajada de costos, principalmente en forma de salarios. Y son ambas imposibles. Las subvenciones a la exportación son ilegales y serían contestadas con un cierre de fronteras comerciales. China ha intentado reducir los costos. Su propio desarrollo interior y sus propias burbujas han agotado la bajada de sueldos. China ha tratado de reducir el costo de las materias primas comprando minas en África, por ejemplo. Pero se ha encontrado con que su principal cliente comercial, los Estados Unidos, le ha hecho la guerra física, generando revoluciones, matanzas étnicas y creando facciones terroristas de Al Qaeda --facciones del estilo de Boko Haram, que dirige un pájaro que mejor haría dedicándose a las telenovelas-- para impedir los acuerdos de compra o la explotación viable. China ha tocado fondo. Así que no le queda otra salida que la devaluación.

La reacción de China es económicamente impecable. ¡Para eso sirve la soberanía monetaria, neoconservador ministro Guindos!... Estos últimos años de bonanza, China se ha deshecho de su exceso de bonos norteamericanos, comprando bienes raíces en todo el mundo y hasta en los mismos Estados Unidos. Del resto que posee se irá deshaciendo al ritmo que el mercado se lo permita para mantener al dólar lo más alto posible. Pero China no está sola. Forma parte de un grupo de países económicamente pujantes, los BRICS. La consecuencia directa ha sido la caída de todas las divisas sudamericanas a mínimos históricos, caída que lidera Brasil, que forma parte del mismo grupo, junto a Rusia, cuyo rublo, para regocijo de Putin, cayó en picado a consecuencia de las sanciones europeas por la guerra de Ucrania. La industria rusa se está haciendo cada vez más poderosa, tendiendo puentes comerciales y oleoductos con la fronteriza China.

Ante la perspectiva de que se realice el sueño de Putin, una zona de libre comercio que vaya del Cabo San Vicente a Vladivostock, a los Estados Unidos no les queda otra cosa que olvidarse del destino de los ciudadanos norteamericanos y amenazar al mundo con la guerra. Y gastar más billones de dólares en armas, dólares que ayudarán de paso a devaluar el dólar en el concierto internacional. Toda esta política desquiciada incluye una represión a su población nunca vista, bajo el pretexto del terrorismo de Al Qaeda (Al Qaeda, igual que el Estado Islámico, son caretas de Israel, en realidad).

Los Estados Unidos no tienen hoy otro Roosevelt que los saque de esta crisis. No habrá otro "New Deal" cuasi-socialista cuya culminación inevitable de una tercera guerra mundial. Ni otro Truman que consolide el proceso de recuperación posterior mediante su "Fair Deal" que condujo socialmente a la época más próspera de los EEUU.. El tan cacareado patriotismo norteamericano sólo afecta a la parte ignorante de la sociedad, parte que incluye a un gran sector de los servicios de seguridad e "inteligencia". Los dirigentes, los verdaderos mandarines, no sienten más afecto patriótico que el que da dinero. Los norteamericanos no utilizan los préstamos a interés cero de la Reserva Federal más que para especular en los mercados, no para emprender; y menos en la industria nacional, que requiere de mucho tiempo y esfuerzo. El escándalo de los esquistos ha demostrado una vez más que la rentabilidad rápida va muy por delante, no ya de la inversión en nuevas compañías rentables, sino de la propia industria estratégica nacional.

En realidad hay otro afecto que se les supone a los grandes financieros norteamericanos, aparte de al dinero... Los banqueros internacionales, por ejemplo, tienen la obligación de militar como sionistas. Muchos de ellos --como Rothschild, verdadero creador del estado de Israel-- lo son de corazón... si es que los financieros tuvieran en el pecho algo más que un músculo que les bombea sangre hasta el cerebro. Otros tan solo son buenos actores, fingen bien. Así que, cuando el Mossad toca el pito, todos forman y se cuadran como soldados de infantería. Como se cuadró el financiero sionista Larry Silverstein cuando se le ordenó comprar las Torres Gemelas, y éste las adquirió por leasing el 24 de junio de 2001, menos de tres meses antes de que fueran demolidas con Thermite por el Mossad. Los Estados Unidos han venido siendo mal dirigidos económicamente desde 1913 por una banda de parásitos. El lobby sionista en los Estados Unidos viene utilizando su tremenda influencia en el Congreso para anteponer los intereses de Israel a los norteamericanos. Porque Israel es un estado tan "amigo" de Norteamérica que tiene su propio grupo en el Congreso norteamericano, una institución bajo la influencia económica y legislativa del lobby AIPAC (American Israel Public Affairs Committee).

Con estos mimbres, no hay Estados Unidos que valgan. Por grandes que hayan sido, son hoy un títere, un perro al que desangrar. Y eso es lo que le está sucediendo. ¿Cómo se concibe un estado que se deshaga de toda su industria nacional, otrora la más importante del mundo, que permita que inmensas ciudades industriales como Detroit sean hoy vertederos, para comprar todos sus productos de consumo en China? La única respuesta es que se trata de un buen negocio, de algo que da dinero rápido. Para el gobierno norteamericano, permitir hacer billetes a los ricos es más importante que el futuro de la población que lo respalda con sus impuestos y con su sangre cuando le toca.

Lo que jamás entenderá un norteamericano, abducido por decenios de adoración al dólar, y menos un miembro del congreso americano, alcantarilla corrupta donde toda voluntad se compra y vende, es que a una gran nación como China, con las ideas claras,  le interese trabajar a costo o incluso perdiendo dinero. Por supuesto que sí le interesa, en las circunstancias actuales. Mientras lo hace, crea actividad económica --empleo-- en su territorio. Su objetivo es apropiarse de la energía neoliberal egoísta para crear una sociedad socialista pujante en su casa: Su objetivo es sustituir finalmente la decadente economía internacional por un gran mercado interior. ¿No está claro?

Y del perro muerto las pulgas huyen. Por eso, algunos de los principales financieros sionistas hace más de un año que abandonaron al dólar --petróleo y materias primas-- y mudaron sus negocios a Oriente. Casi sin dilación, el Euro fue atacado por los USA a cañonazos, que de eso trata la crisis de Ucrania. Con aliados como los norteamericanos, ¿quién necesita enemigos?

FÉLIX UDIVARRI



El capitalismo,
eufemismo de usura terrorista,
morirá matando





I

Mediado el 2015, el capitalismo es ya un pestilente cadáver maquillado en su féretro(1) —por irresponsabilidad, corrupción, idiotez de los líderes políticos, o por la suma de las tres causas— a base de insuflarle dinero público para que no se le vean los gusanos.  La crisis mundial no es coyuntural, sino la consecuencia inexorable del capitalismo cuando éste se aplica sin impedimentos, a escala mundial. El capitalismo, en su ceguera por la obtención del beneficio, ha mutado en cada vez más perversas formas que sólo han acelerado su muerte. Los instrumentos financieros sin regulación (over the counter, sobre acciones, bonos, materias primas, swaps o derivados de crédito) han convertido las inversiones mundiales en una timba de apuestas en la que los bancos han sido los crupieres que han hecho jugar a los ahorradores sin saberlo (las viejecitas desconocen que su dinero está siendo apostado en hedge funds y que probablemente no lo recuperarán nunca).

No es posible que el capitalismo salga de ésta. Sólo en España, el pasivo financiero de la economía es de 11 billones de euros —11 veces el PIB anual—, de los cuales casi 6 billones yacen en los bancos en depósitos o valores diferentes de las acciones (bonos, letras), mientras, el drenaje de fondos bancarios de España hacia el extranjero supone unos 150.000 millones de euros al año, y acelerando. Eso representa la quiebra técnica del sistema financiero. Lo que vemos no es una aberración del sistema capitalista, sino el sistema capitalista funcionando a pleno rendimiento y matando el cuerpo al que depreda, que es el mundo. Antes hacía lo mismo, pero en países lejos de nuestra vista, en África o América del Sur. Ahora la estafa del capitalismo es global. La economía real del mundo en bienes y servicios —PIB mundial— es de 65 billones de dólares al año, mientras que los valores derivados OTC de acciones y divisas suman 1.650 billones ­—¡en una década!—. Si esos 1.650 billones reclamaran rentabilidad sólo al 5%, representarían 82,5 billones al año. Es decir: harían falta 1,26 veces el PIB mundial para pagar los intereses del dinero creado mediante la especulación. Como eso no es posible, el capitalismo crea cada año nuevo dinero para pagar los intereses del que anteriormente creó. Eso es lo que se denomina un “esquema de Ponzi” o estafa piramidal. Y como todos los esquemas de Ponzi (te recordamos, oh, Madoff), cuando es descubierto, arruina a todos los tenedores de los valores especulativos, que no valen nada. Entonces nadie acepta papel para cobrar intereses y lo que quiere es que le devuelvan su inversión. Pero ese dinero no existe. Fue creado de la nada usando como contravalor propiedades mobiliarias e inmobiliarias en el mundo entero, que sí valen los 1.650 billones de euros.

Como hemos hablado ya muy claro y lo bastante técnicamente como para que las mentes de nuestros lectores se pongan a pensar, veamos las consecuencias, a partir de ahora, de esta crisis que afecta a los fundamentos mismos del capitalismo. En vano el inhumano dinero creado de la nada —recordemos: 1.650 billones de dólares— tratará de especular con los alimentos. Estos representan una pequeña fracción del PIB mundial, y es mucho el dinero que desea invertirse en busca de rentabilidad. Tampoco puede hacerlo con las materias primas. El petróleo representa solamente 3,5 billones al año en valor total de extracción y venta al precio de mercado. El capital inventado no puede ni siquiera quedarse con países enteros en propiedad para explotarlos, pues los capitalistas no saben hacer nada útil. Sólo especular... Quizás el más afamado y salvaje especulador del mundo sea el CEO de Goldman Sachs, Lloyd Blankfein. Ese hombre, que hunde estados y hace dinero a espuertas cada día, es un perfecto inútil si se le deja solo en una isla desierta. o al mando de una patrulla en un frente de guerra. o explotando una hectárea de huerto para sustentar a su familia. No sabe hacer nada más que crear sofisticados instrumentos de expolio con los que estafar incluso a sus propios clientes. Y como él, hay cientos de miles de especuladores que hacen sus fortunas trajinando y timando a sus congéneres.

¿Qué es lo que todo eso significa de modo obvio? Pues que el producto de su trajín de usureros, el dinero que obtienen, no tiene ningún valor. Por dos razones: porque no se puede comer... y porque hay tanto dinero creado que, en cuanto se sepa, no lo querrá nadie. No nos referimos, quede claro, a los 1.650 dólares que ingresa un asalariado, que puede intercambiar por comida, techo, educación, medicamentos u ocio. Sino a los 1.650 billones que no tienen nada que comprar, pues no existe nada que valga tanto. Ese dinero solamente es útil para inflar burbujas, para ganar más dinero y para satisfacer el ego de pichacortas siniestros como Blankfein.

Dice la gente sabia que el capitalismo es, en sí mismo, injusto e inhumano. Añadimos nosotros que es, además, estúpido, ineficiente y suicida. El capitalismo actual ha dejado en mantillas al colonialismo imperialista del siglo XX, pues, en su presión explotadora desde la Sinaquía Financiera Internacional a los estados y las empresas, induce la explotación extrema de los seres humanos, la desolación, el despilfarro y la degeneración de los recursos naturales y de los trabajadores de todo el planeta hasta el punto de poner en riesgo la dignidad humana y vida misma. La destrucción de todo lo colectivo, lo público. Y las multinacionales, presionadas por la Sinarquía Financiera Internacional (SFI), en una huida hacia delante, toman el dinero ilícitamente drenado a través de los instrumentos especulativos e invaden el mundo sin someterse a ley alguna, abriendo nuevos mercados en aras del beneficio de la misma manera que un cáncer de pulmón invade nuevos alvéolos en aras del progreso de la enfermedad. La voracidad del capitalismo, como la del cáncer, no tiene otro límite que la muerte del huésped. Necesita expandirse continuamente para subsistir. El capitalismo es, en sí mismo, un gran esquema de Ponzi.

II

Los ignorantes confunden el capitalismo con el libre mercado. No son lo mismo. De hecho, el capitalismo odia el libre mercado. Lo que hace el capitalismo es retorcer el libre mercado mediante la especulación, la corrupción de las autoridades y las burbujas. Cuando el capitalismo agota a un país, lleva a la ruina a su banca, y ésta exige inmediatamente que la sociedad corra con sus pérdidas. ¿Es privatizar los beneficios y socializar las pérdidas la alternativa que propone el capitalismo al comunismo soviético que derribó en 1991 a base de corrupción y desgaste bélico? El libre mercado nada más puede existir en un ambiente de competencia perfecta. Pero no puede haber tal cosa cuando el capital se concentra en tan pocas manos como las de los miembros de la Sinarquía Financiera Internacional. El dinero funciona en régimen de oligopolio, estableciendo precios y políticas sin otro objeto que la rentabilidad de él mismo.

Cuando estalló la gran burbuja de los instrumentos financieros derivados, los bancos empezaron a quebrar y, tras ellos, las compañías aseguradoras de las operaciones financieras. Entonces, los capitalistas demostraron de qué pasta están hechos: Los neoliberales seguidores de filosofías del egoísmo, de la búsqueda de la propia felicidad a cualquier precio, como la de la sionista rusa Ayn Rand, se echaron a llorar pidiendo la protección de sus estados respectivos. Pero ¿cómo osaron pedir dinero a los mismos estados a los que extorsionaron mediante el crédito usurario? Su argumento fue (y sigue siendo) que los bancos, como creadores del dinero requerido por todo el estado, deben ser preservados con leyes draconianas y rescatados con fondos públicos. Entonces, la corrupción política se puso en marcha...

Desde el estallido de la crisis se han venido produciendo masivas inyecciones de dinero, extraído por arte de birlibirloque de unos hipotéticos futuros impuestos de los contribuyentes. Pero, como el lector imagina, la capacidad de incremento impositivo del planeta es una fracción mínima, un 2-3% como máximo, de ese PIB de 65 billones de dólares. Y el agujero contable de los bancos no tiene fondo. Así que se trata de otra medida inútil, dinero tirado, ruina innecesaria. Para lo único que han servido las transfusiones dinerarias a la banca ha sido para arrasar el sistema de pensiones, el seguro de desempleo, la educación, la sanidad y los derechos fundamentales de los ciudadanos. Y todo ese dinero sólo ha servido para alimentar el agujero negro, cada vez más grande.

Pues la peor consecuencia de esta debacle financiera es la devastación de la economía productiva, que no puede trabajar en un ambiente en el que el dinero corre hacia donde husmea beneficio rápido, sin producir nada. El volumen de la economía especulativa es tan enorme, comparado con el de la economía productiva, que ésta es un escenario enano para mover tanto dinero. Y encima, si es más rentable quebrar una empresa y venderla en pedazos, se destruye. El capitalismo es el cáncer que clausura alvéolos pulmonares sanos aún, en vez de seguir respirando con ellos. La asfixia de la base productiva se produce mediante una tenaza inexorable: la mordaza de arriba es la regresión del crédito que implica despidos masivos; y la de abajo, el encogimiento del consumo, que bloquea las ventas. Cuanto más aprieta una mordaza, más lo hace la otra: Un ciclo continuo que se retroalimenta.

Pasaremos por alto la crisis en su vertiente ecológica. En estos momentos se trata de algo secundario cuando la vida de cientos de millones de seres humanos está en riesgo cada día. Se dice que los recursos naturales no son suficientes para mantener el actual estilo occidental de vida. Pero es que ese estilo de vida está acabado, no puede sostenerse. Ni el saqueo ecológico ni el calentamiento global son importantes ahora, aunque parezca increíble. El hecho de que ciertos foros (dirigidos a distancia por la SFI) los mencionen tanto es asaz sospechoso. El peak oil se alcanzó justamente el año en que estalló la crisis financiera. Y eso no puede ser casual —creer en tales casualidades es una forma de religión: la misma que sacraliza a los árboles o las focas en vez de a los niños que viven en los vertederos de medio mundo—.

En toda esta crisis espectacular que estamos protagonizando, mediática y sonora como ninguna, de dinero que busca inversion especulativa, no podemos dejar de destacar el papel de los EEUU de Norteamérica como instrumento destructor y genocida en manos de la Sinanquía Financiera Internacional (SFI). La guerra siempre fue, hasta ahora, la solución final de las crisis financieras de los imperios coloniales. La política de los EEUU en el mundo, asumiendo la orquestación del terrorismo internacional por el estado de Israel, e instrumentalizando las guerras locales, tiene sentido solamente analizándola desde el punto de vista de la devolución de la deuda financiera que tiene contraída con la SFI, que es del orden de 40 billones de dólares —15 billones son de deuda pública—. EEUU está empleando ingentes cantidades de tropas, armamento y munición, bajo la bandera de la libertad y la democracia para mayor desfachatez, en invadir países con importantes recursos naturales. El proyecto es claro: apoyo a sus multinacionales energéticas y constructoras por un lado. Pero por otro, el cobro a precios estratosféricos de su gasto de guerra hasta la última munición de uranio empobrecido. ¿A quién se le cobra? A los derrotados. ¿Cómo lo pagan? En primer lugar, con todo el oro, divisas y valores que poseen, que pasan directamente a las bóvedas de la SFI. Y en segundo lugar, en crudo y minerales que los EEUU cambian a las multinacionales por dinero, que es reintegrado a la SFI. Esta segunda parte es muy limitada. Ya dijimos que todo el crudo anual mueve solo 3,5 billones de dólares al año. Pero ¿Cuánto puede cobrarse en botín de guerra por una bomba de racimo? No, desde luego, su precio en una empresa de armas. No es lo mismo comprar una bomba que comprarla, dotar a un ejército con ella y arrojarla sobre “territorio amigo que ansía la democracia occidental”. Su valor puede multiplicarse por mil. En definitiva: así como otros países pagan a los usureros de la SFI mediante loterías o aeropuertos, EEUU paga a la banca sionista que instrumentaliza la FED convirtiendo en cash su armamento —bastante de él, obsoleto— y sus efectivos muertos, al tiempo que obtiene su beneplácito por estar ayudando a la confortable expansión del estado de Israel.

Pero no todo van a ser alegrías para el Sanedrín del dólar. También le han salido algunos países respondones. Uno: Los países emergentes —los BRICS— se están desdolarizando y exigiendo el reequilibrio del DEG —moneda sintética respaldada por una cesta de divisas para pagos internacionales— o alguna otra moneda creada por ellos mismos —atención: lo intentaron antes Saddam y Gaddafi y por eso terminaron el uno ahorcado y el otro muerto a palos—. La respuesta de la SFI ha sido la continua amenaza militar sobre Rusia desde todas sus fronteras europeas y mediorientales —el escarceo en Osetia, Georgia, llegó a producir bajas entre efectivos rusos y norteamericanos enfrentados—; y el control del suministro de Irán a China a través del oleoducto que atraviesa Afganistán. Dos: Los países de la Alternativa Bolivariana para las Américas) están nacionalizando recursos naturales (REPSOL) y girando fuera de la órbita financiera internacional, sabedores de que todo país que cae en las garras de Fondo Monetario Internacional se arruina absolutamente con sus préstamos usurarios y pierde todos sus recursos en favor de las multinacionales controladas por la SFI. Tres: Rusia-China han puesto fin a la falacia de las “primaveras verdes” en los países productores de crudo, plantándose en Siria frente a la OTAN, y han dotado al gobierno socialista de Al Assad del más moderno armamento defensivo, especialmente de misiles anti aéreos que hacen demasiado arriesgada la misión de los bombarderos de la OTAN que trituraron Trípoli el año pasado, masacrando a decenas de miles de libios.

III

Y vamos ahora a exponer la verdadera solución a la crisis financiera, que se evidencia en cuanto se comprende la esencia del problema. El problema es el dinero. Sí. Pero no el dinero que sirve para comerciar y ahorrar dentro de la economía productiva, sino el otro: el inventado mediante los instrumentos financieros fraudulentos desregulados aposta mediante la Ley Clinton de 2000. Ése dinero masivo es letal, no sirve más que para destruir la economía productiva. ¿Puede resolverse el problema que representa en el planeta Tierra la anulación de ese dinero que contamina todo esfuerzo humano por superar la crisis? Por supuesto que sí. Mediante medidas fiscales extraordinarias. Justamente las contrarias a las que preconiza el PP a través de sus ministros Montoro y de Guindos. Nada de aministías fiscales, por otra parte injustas e ineficaces. No se trata de atraer dinero ilegitimo, sino de anularlo. Asignarle un valor exactamente cero. Cualquier capital procedente de un paraíso fiscal debe, en España, no valer nada. Conforme entra por las fronteras electrónicas debe ser requisado por el Estado y asignársele el valor nulo. Volatilizarlo. Si esto se hiciera en el mundo entero, todo el dinero creado especulativamente desaparecería. Se sigue luego la inspección de toda fortuna. Todo lo amasado mediante los instrumentos financieros de diseño para la estafa será requisado y puesto a valor cero.

Se me dirá que el resto del mundo, que no sufre nuestra crisis, no va a hacerlo. Y que España no puede salir de la crisis por sí sola. Pero se equivoca quien lo piense. El instrumento es entonces el cambio de moneda de la noche a la mañana, la salida del Euro, la nacionalización de la banca. Y entonces sí, de forma nacional, depurar responsabilidades de los especuladores y sus cómplices en la función pública. No se les arrebata nada que no hayan obtenido ellos de manera fraudulenta, violentando las leyes del libre mercado. Muchos de ellos acabarán en la cárcel por delitos como el fraude a la Hacienda Pública (no podrá Emilio Botín pulsar los mecanismos que le evitaron la cárcel en el caso de las cesiones de crédito de Banesto), pero todos ellos quedarán en ruina, sin el dinero que ganaron especulando. Da igual si han sido reyes del ladrillo, políticos mediáticos, comisionistas reales o financieros de bogavante y prostituta de lujo: la cárcel será su destino, si no optan por el exilio furtivo, al modo de Luis Roldán.

El mundo dominado por la SFI se revolverá contra nosotros, y nos atornillará en los mercados internacionales mientras lloriquea salmodias en yiddish. Así que habremos de tomar medidas adicionales, temporalmente autárquicas: nacionalización de empresas estratégicas, como de la energía, transportes, construcción pesada, industria básica (en vez de criticar a Argentina por nacionalizar REPSOL, hay que imitarla... aunque sólo sea por respeto a que ya pasó por el sendero que transitamos nosotros ahora).

Uno de los muchos tipos lúcidos que comentan por aquí, dijo: “La dialéctica explica que el miedo del Pueblo le auto-infunde valor, al revés que a sus “amos”, cuyo pánico crece en mayor proporción y medida, pero en sensu contrario, por razones atmosféricas absolutamente “naturales”; es decir, estricto y “matemático” cumplimiento de las leyes histórico-económico-políticas.” Y tiene razón: el caso de Islandia lo demuestra: un pueblo acogotado y exhausto se enfrentó con el poder político y financiero —la mafia Rothschild y la City de Londres— y triunfó, metiendo en la cárcel o reclamando busca y captura para quienes habían provocado la crisis de su patria. Siguiendo su receta, encontraremos la salida a esta crisis: Se llama, aunque suene fatal, nacionalismo económico. Y, para que no tenga veleidades fascistas, debe someterse a una democracia real, directa; con un control ciudadano de todas los procesos decisorios, empezando por la redacción y refrendo de una nueva constitución republicana de corte ácrata. Entendiendo por ello que no debe legislarse más que lo imprescindible, de manera clara, concisa, y siempre desde un parlamento con representantes sujetos al mandato imperativo de sus respectivas asambleas ciudadanas, un parlamento que nunca formará parte del Estado, al que dominará —o derrocará en un santiamén— mediante la Ley. Todo ciudadano útil será entrenado para un eventual conflicto con invasores mercenarios que vengan a cobrar las facturas de la Sinarquía Financiera Internacional, y dispondrá, como en Suiza, de una dotación de armas y equipamiento en lugares a su alcance.

Cuando se vive sin usura, aislado del mundo del terrorismo financiero, hay que defender lo que se tiene, que es la libertad. Con la propia sangre, si falta hace. Es entonces cuando tal ínsula Barataria insólita adquiere el carácter de Patria, con mayúscula. Porque la única patria posible es la que hace, sostiene y defiende uno mismo, por el bien de sus hijos, en igualitaria comunión con el resto de sus compatriotas. El resto son palabrería y soflamas. Banderas que apenas disimulan la podredumbre del cadáver que ocultan, que se llama capitalismo, que no es libre mercado, sino la extorsión del mismo mediante la especulación; que no es democracia, sino la putrefacción de ésta mediante la corrupción. El capitalismo es una enfermedad que huele mal y funciona como huele. Un mal que enciega al principio, que degrada después; y que muere matando a las sociedades a las que parasita, si no se inmunizan antes éstas con grandes dosis de pólvora y algún chasquido de pescuezo descoyuntado meciéndose al sol.

ÁCRATAS


NOTAS:  EEUU está al borde del colapso. La violencia callejera de colectivos de negros, provocada por la injusticia económica, las insurrecciones de grupos armados de blancos que se preparan contra las maniobras Jade Helm, no son más noticia en los medios porque sus propietarios, a las órdenes de la SFI, lo ocultan El Gobierno Federal se prepara para la guerra civil. Y el prestigio de EEUU se hunde en los mercados.


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