LOS CONSERVADORES Y EL CAMBIO CLIMÁTICO
A la vista de la ignorancia del común, ante cualquier proposición con implicaciones políticas (sea ésta científica o no), se establecen dos bandos. Curiosamente, la ciudadanía se apunta a cualquiera de los dos bandos por razones de ideología personal, quedando como queda su capacidad de comprensión muy lejos de la ciencia que implica la averiguación de la verdad por sí mismo. Y así es siempre, aunque el propio bloque entre en contradicciones palmarias. Por ejemplo, el bloque conservador está empeñado en justificar el atentado del 11-S como el de un grupo de militantes de Al-Qaeda, mientras que, en el caso del 11-M, jura y perjura que lo hicieron algunos servicios secretos. ¡Y viceversa!, los “progres” juran lo contrario.
Después de que el Think Tank impusiera sus imposibles tesis sobre la caída de las Torres del World Trade Center (no sólo de las gemelas de 110 plantas, sino también del WTC 7 de 47 plantas, contra el que no se estrelló ningún avión), que permitió invadir el mundo islámico y sus codiciadas fuentes de energía, ahora le toca justificar que el Protocolo de Kyoto no debe ser firmado por los EEUU, ni por ningún otro país con afán de progreso.
Según el Think Tank NeoCon: El calentamiento que percibimos se debe a las fluctuaciones de las erupciones del sol. Ha sido así desde siempre. El aumento de CO2 en la atmósfera, entonces, no es la causa, sino la consecuencia. Es decir, que como el sol calienta más, suben las temperaturas de los océanos y aumenta el CO2. Dicho claramente: el “efecto invernadero” no existe, aunque haya sido experimentado largamente.
En esencia, la falacia consiste en decir media verdad. Es cierto que el sol causa el calentamiento natural y sus oscilaciones durante los evos. Pero el calentamiento provocado por el hombre es diez veces mayor del que se ha experimentado nunca. Existe, pues. No es un invento de ninguna izquierda, sino un hecho constatado por la comunidad científica en todo el orbe.
¿Y qué le va a los conservadores en esta polémica? Pues la globalización entera y con patas. Todo su proyecto de expansión imperial. Por eso, acusan a la “izquierda” de estar detrás del bulo del cambio climático: dicen que la izquierda lo hace para impedir que los países en desarrollo (léase China) se incorporen al bienestar del Imperio NeoCon estrellado y multibarrado. La leche, ¡qué cosas!
Pues en eso está el Think Tank NeoCon. Sólo que esta vez no es un catastrófico atentado como el de las Torres Gemelas (y la manipulación de sus explicaciones a posteriori), sino algo experimentable y experimentado. Los retrógrados —aprovechando la ignorancia general— entrevistan a unos científicos bien remunerados que cuentan media verdad y ocultan la otra media. Ya lo han hecho otras veces. Un ejemplo: Para defender el consumo de tabaco extendieron la especie de que los fumadores enferman “significativamente” menos de Alzheimer. Cierto. Pero es porque se mueren significativamente antes de la edad de contraer el “mal de los ancianos”. O sea, que el tabaco no cura el Alzeimer, sino que se le anticipa con sus efectos mortales.
Eso es el Think Tank NeoCon: un montón de neo-nazis, pretenciosos aprendices de Goebbels, que juegan con la ignorancia endémica de la ciudadanía. Al menos, con la ignorancia de su parte más conservadora. Pero no esperéis que los derechones —que son también significativamente la gente de más edad del planeta— se hayan puesto a fumar como jovencitos descerebrados. Ni que tomen el sol sin excesiva protección. Ni que se compren chalets a nivel del mar, preferentemente en zonas de marismas, confiando en legárselos sin problemas a sus descendientes. No. Ellos seguirán empeñados en que el cambio climático no existe, pero se guardarán de él por todos los medios. Por si acaso.
(ACERTIJO: ¿Qué clase de conservador es un conservador que no conserva el medio ambiente? Y si no conserva el medio ambiente, ¿qué es lo que conserva?
Tiempo para la solución: 15 segundos para cualquier agnóstico no "progre"; tiempo indefinido para los creyentes, en general.)
CUANDO EL AZAR ES UN FRAUDE
La desvergüenza de los medios "creadores de opinión" —hoy mismo se confesaban como tales (¡no como informadores!) algunos periodistas del Grupo Prisa en Radio Nacional—, en contubernio con los poderes económicos del planeta, evidencia, ante los que tenemos ojos para ver, la absoluta indefensión de la ciudadanía frente al Poder Absoluto, que aparece cuando se forma el tándem del capital, los partidos y los medios de comunicación. La perfección del fraude se colma cuando se utilizan la televisión y los efectos especiales a los que Hollywood nos tiene acostumbrados. Es decir: cuando la cosa fraudulenta sucede ante nuestros propios ojos, como nos pasa ante un trilero. La bola, en efecto, no está donde pensábamos; y, en nuestra estupefacción, no caemos en lo largas que lleva las uñas el que la menea entre las cáscaras. La ignorancia endémica de los ciudadanos del planeta entero, cultivada por el Poder con escrúpulo de floricultor, hace el resto.
Hoy día, se ha perfeccionado tanto el dirigismo mediático, que se ha salido del ámbito político, y es ya usual que los medios presenten como reales auténticos y demostrables fraudes. El último posible —anodino, sin importancia—, bien reciente, ha sido la escenificación del tramo final del Campeonato del Mundo de Pilotos de Fórmula 1. Lo que sigue es mi opinión personal sobre el asunto:
Sabrá el lector que McLaren fue penalizada hace poco con la pérdida de todos los puntos conseguidos en el Campeonato del Mundo de Constructores (de acuerdo con todos los espónsores, que son los que invierten en el negocio) , por la Federación Internacional de Automovilismo, a causa de un probado caso de espionaje industrial a Ferrari. Pero, objetivamente, la FIA debió haber retirado todos sus puntos, también públicamente, a los dos pilotos de McLaren, Hamilton y Alonso. Y el justo ganador era, entonces, Ferrari. Viendo la FIA y los espónsores lo que ello podía suponer, desde el punto de vista del dinero a ganar—si hubieran cumplido con su obligación a tres carreras del final, se habrían perdido miles de millones—, lo que posiblemente se decidió fue pactar la escenificación de algo que era probabilísticamente imposible: que ganara Ferrari en la persona de Raikkonen, el único que matemáticamente aún podía lograrlo. Para ello, era necesario que se produjera todo el siguiente cúmulo de improbables sucesos: que Alonso se saliera de la pista en Japón (o abandonara en cualquiera de las tres carreras); que Hamilton se saliera a su vez en China (¡qué payasada, a bajísima velocidad, y en una curva en la que no se hubiera salido un Seat 600 sin neumáticos!); y, como aún le sobraban puntos para hacerse con el Campeonato del Mundo, Hamilton tendría que hacer el vergonzoso paripé que todos pudimos ver en Interlagos: una mala salida, unos problemas en el cambio hidráulico (que milagrosamente se arreglaba , al poco); y, sin necesidad aparente, ¡entrar por tercera vez en boxes!, debido a que, tras el abandono de dos adversarios que llevaba delante, quedaba quinto y ganaba el campeonato. Para redondear la "performance", Massa dejó pasar a su compañero Raikkonen, aprovechando su segunda entrada a boxes. “Et voilà!”.
Para que el público se tragase semejante sapo, hacía falta crear las suficientes cortinas de humo (Cualquier estafador profesional de mediana habilidad sabe que ha de hacer participar como defraudador al estafado): dividir al público, apasionarlo, al representar una exacerbada enemistad entre Alonso y Hamilton (el público español, antes de Interlagos, llegó a expresar que prefería que ganara Raikkonen, mejor que Hamilton); la escenificación de una absurda falta de apoyo de McLaren a todo un Campeón del Mundo, como Alonso; la presentación de Hamilton como si fuera un niñato nervioso que se hunde al final (hay que tener mala mala memoria u odiarlo mucho para creer que el piloto revelación de 2007 sufra ese canguelo);y, para redondearlo, el ineficaz recurso presentado al final de la carrera por un supuestamente "rabioso" Hamilton contra tres corredores, cuya descalificación le permitiría ser aún Campeón del Mundo.
Sin embargo, todo parece otra cosa. Sobre todo, por la tranquilidad de los actores, que se comportaron como el que conoce el final de una película de suspense (Alonso hasta se permitió, antes de la carrera, hacer, ante las cámaras de Tele5, un juego de manos en el que una carta desaparecía de donde suponíamos que estaba, y aparecía en otro sitio. ¡Qué huevos de plomo, qué nervios de acero, jugar a dar una clave de que todo era un montaje! Es como si hubiera dicho: "Vais a ver magia en Interlagos. Es el truco que me impide ganar").
Por supuesto, en el mundo de las apuestas se habrá hecho mucho dinero a costa de la pantomima, aunque sólo los avisados de todo el cotarro. Si el fraude resultara cierto, el resto, los ciudadanos de a pie, habrían perdido su dinero sin ninguna oportunidad de ganar. Un amigo mío se quedó pasmado cuando, minutos antes de iniciarse la carrera, predije: “En las primeras vueltas, Hamilton tendrá problemas, y se retirará o quedará octavo” —cuando sucedió, los ojos le hicieron chiribitas—. Pero tampoco yo hubiera ganado en las apuestas, porque , a pesar de que intuía el tongo, creí en aquello que me exhibían en la segunda cortina de humo —siempre hay más de una—: que Alonso había forzado a McLaren a regalarle el campeonato. Es decir: intuía lo que haría Hamilton, pero no que también Alonso pudiera estar en el ajo. La asimetría de la información entre el Poder y la ciudadanía es un obstáculo insalvable.
Y hasta aquí, mi opinión personal, sin más valor que el de otra cualquiera. Pero ¿a que sabéis que habéis leído algo más parecido a la verdad que lo que vísteis con vuestros propios ojos? ¿A que ahora parece que encaja todo, como los miles de cristales por el suelo encajan, en una película marcha atrás, en ese vaso en la mesa, antes de caerse? ¿Creéis que, después de haber leído esto, podríais volver a visionar la carrera de Interlagos sin daros cuenta de todo el paripé? Probad a ver si la tramoya resiste a vuestra mirada avisada.
Ha habido magníficas películas que se han anticipado a lo que iba a ser capaz de ficcionar el Poder desde los medios. Dos soberbios ejemplos son: “La cortina de humo”, de Barry Levinson (con Dustin Hoffman, en el papel de director de cine-trilero) y “Apolo XI”, de Norberto Barba. En ambas, el Poder falsifica una realidad que parece indubitable: en la primera, una guerra falsa sirve para encubrir un grave error personal del Presidente de los EEUU; en la segunda, un alunizaje ilusorio permite a EEUU adelantar aparentemente a la URSS en la carrera espacial. El objetivo es en ambos casos — y siempre— el mismo: engañar al ciudadano, votante dirigido al compás del espectáculo. La imaginación de los guionistas ha sido aprovechada por el Poder en la vida real, y esos ejemplos se han anticipado sólo unos años a lo que iba a suceder bien pronto. Sin embargo, los guionistas se quedaron cortos en cuanto a la potencial maldad del Poder real: en que los fraudes efectivos iban a ser aún más terribles que los inventados para esos filmes.
Los medios adláteres del Poder son capaces de hacer cosas similares (y mucho mejor representadas) con asuntos de esos que pueden cambiar la política mundial en un momento, ante nuestros crédulos ojos. Me pregunto cuánto tiempo pasará antes de que se evidencie —es sólo un ejemplo— que algo tan criminal como el atentado a las Torres Gemelas el 11-S pudiera haber sido una obra de arte mediático representada —lo mismo que la patochada de Interlagos— ante los propios ojos de los pasmados televidentes. Sé que cosas como ésa (quizás no ésa, precisamente) se conocerán. También sé que, en cuanto oigamos por primera vez la explicación de lo que pasó en realidad, sentiremos como un rayo nos atraviesa el cerebro y nos confirma que lo que hemos escuchado fue lo que sucedió de verdad.
En ello confío para equilibrar la balanza del fiel torcido. Porque la mentira sale carísima y necesita alimentarse todos los días con enormes cantidades de energía negativa. La Verdad, en cambio, es tan potente y económica que bastaría con que hubiera un sólo medio de comunicación honrado —un simple periódico; muy pronto lo habrá— para deshacer en migajas el Poder que nos estafa.
(NOTA: El autor de este artículo opina y evidencia desde la verosimilitud, no desde la certeza. Y opina, porque se tomó la molestia de presenciar las carreras de Fuji, Shangai e Interlagos; lo mismo que vio en directo, en su día, la física y estructuralmente imposible caída de las Torres Gemelas. Demostrar un posible tongo en la Fórmula 1 de 2007 es cosa del periodismo de investigación. Lo mismo sucede con el mayor atentado de la historia de los EEUU. El autor consiente que sus lectores le tilden de conspiranoico, y advierte que también duda de que exista Papá Noël, pero que no está dispuesto a viajar hasta el Polo Norte a buscarlo el resto de su vida hasta que todos crean, por exclusión, que no existe. El autor deja todo este asunto en manos de la Fe o de la lógica de sus lectores. Cada uno es libre de pensar lo que quiera.)
CARTA A ANTONIO GARCÍA-TREVIJANO
Acaba usted de publicar una pieza clave en la gestación de la República Constitucional. Es, con diferencia, la más arriesgada: aquella que establece que los diputados deben salir de la égida del Estado. Le entiendo tan bien, que, por lo menos respecto al asunto del origen del sueldo de los diputados, ya hace tiempo había escrito algo muy parecido. Estoy buscando dónde. He escrito en tantos sitios tantas cosas, que no logro, de momento, encontrarlo. Ya saldrá.
Sepa que esto no se lo digo para hacerme el avisado —porque lo importante no es intuir, sino demostrar, que es lo que usted hace—, sino para justificar lo que le voy a reclamarle después. La otra noche, cuando tuve la suerte de chatear con usted, mano a mano en su foro, a altas horas de la madrugada, le reconocí que me había parecido intocable la función exclusivamente legisladora de la Asamblea Legislativa y, sobre todo, ¡su pertenencia incuestionable al Estado! Porque no podía ni imaginarme que uno de los poderes del Estado pudiera quedar, siquiera parcialmente, fuera del control del mismo. Usted me explicó por qué no podía ni imaginarlo: sin conocimientos suficientes no se puede alcanzar la verdad, sino sólo intuirla. ¡Cuanta razón tiene!
Lo más parecido que encuentro a su genialidad entre mis escritos, hasta este preciso minuto, está en este mismo blog, publicado en marzo de 2007:
“La representación del ciudadano en política no es la mera adscripción de ese ciudadano a una ideología de partido. La representación política de la sociedad debe seguir las reglas de cualquier otra representación social o particular: el representante recibe un mandato imperativo del representado, quien, en caso de incumplimiento, puede cesar al representante. Eso, que es evidente si se manda a alguien a realizar cualquier gestión en tu nombre, no lo es en política, si no suceden dos cosas: que se conoce quién es tu representante político concreto (que te debe su cargo, porque le has elegido a él y le pagas con tus impuestos); y que los electores pueden cesarlo cuando lo consideren oportuno, no en las siguientes elecciones, cada cuatro años.“
Con todo esto, quiero significarle que le entendí perfectamente. Y que, además, me sentí especialmente realizado por el hecho incontrovertible de que mis intuiciones... ¡eran ya Ciencia Política, porque usted había llegado a parecidas conclusiones por la vía teórica y formal! Jamás me he sentido tan honrado intelectualmente.
Pero lo que más me impresionó de todo lo que me escribió esa noche, y es lo que me empuja ahora, fue eso de que se llega a la verdad, bien "por la sabiduría" (Y se refería a usted, claro) o bien "por la belleza que la misma irradia" (¡Y se refería a mí!). Envalentonado por esa coincidencia increíble; puesto que estuvimos entonces, estamos ahora y estaremos siempre de acuerdo, le dejo sobre la mesa cuatro problemas que me parece oportuno resolver, desde ese punto de vista de la belleza que la verdad debe irradiar:
PRIMERO. La disfunción (objetiva fealdad) que suponen las autonomías. Si una unidad de convivencia (o mónada republicana, ya institución —con su organización, sus funciones, su vida política y sus presupuestos—) tiene un mediador entre la sociedad civil y el Estado; y, a su vez, un representante para legislar, no tiene sentido inventar otro aparato idéntico, pero distinto, para el "ámbito autonómico". Además: ¿Con qué funciones diferenciadas? ¿Por qué habrían de replicarse las leyes estatales en los parlamentos autonómicos? O lo que es peor (en caso contrario): ¿Cómo puede haber leyes diferentes para los españoles, según sea su lugar de residencia? Creo que hay que razonar el adiós a las autonomías, a sus tres poderes, Ejecutivo, Legislativo y Judicial que las convierten, de matute, en pequeños estados federales. Todo ello me parece congruente para que el resultado sea bello.
SEGUNDO: (Suponiendo que se cumpliera el primero) La disfunción del tamaño de las circunscripciones y su integración en el sistema municipal. A veces, en un único municipio hay varias mónadas; otras, una sola mónada abarca decenas de municipios. La red municipal y la red de mónadas debe constituir un algo de alguna manera coordinado, porque ambas contienen a la totalidad de los ciudadanos, y ese nexo tiene, por fuerza, que significar algo que debe ser aprovechado. Todo ello me parece conveniente para que el resultado sea bello.
TERCERO: La sociedad política es mucho más amplia que la Asamblea de Diputados. Lo explica usted: “Sociedad politica = partidos, sindicatos, electores, medios de comunicación, empresas editoriales de temas políticos, cátedras de materias políticas, empresas encuestadoras, fundaciones, etc., electores = Asamblea de diputados + Gobierno + Ayuntamientos + Autonomías.“ El juego de la sociedad política no se realizará únicamente en las unidades de convivencia, sino en otros terrenos no reglados, y todo lo que no tiene un cauce debidamente instituido, se busca sus propias vías subrepticias. Por lo cual, debiera existir un modo de canalizar las inquietudes de toda la amplísima sociedad política para integrarlas dentro de la República Constitucional. Todo ello me parece adecuado para que el resultado sea bello.
Y CUARTO (el más importante): La distinción entre Estado y Sociedad Política debiera quedar definido por el concepto de “funcionariado”. Es decir: un Ministro debiera ser como un Juez de la Audiencia Nacional: un funcionario del Estado eficaz; y nada más, porque no es cargo electo. Ello establece (para mí) la necesidad de que el Presidente de la República (sin perder un ápice de su Poder Ejecutivo) nombre a un Primer Ministro y al resto de su Gobierno —ellos sí, funcionarios eventuales todos—, porque el Gobierno es parte de la máquina funcionarial (o mejor: porque la Administración toda es Gobierno); pero el Presidente de la República, el único electo del Poder Ejecutivo, no. El Presidente de la República representa algo mucho más bello y honorable que la maquinaria funcionarial del Estado: representa a esa señora, bella y generosa, que visualizamos, en general, con una ubérrima teta fuera, y que se llama III República Española. Todo ello me parece oportuno para que el resultado sea bello.
¡Claro que la belleza no lo es todo! Ni mi punto de vista respecto a lo que es bello, el único posible.
Como supongo que debo de andar muy equivocado, respecto a los cuatro puntos anteriores, diré en mi descargo:
Al primero, que es posible que mi especial aversión a las autonomías, desde su gestación, me obnubile, viendo fealdad donde pueda haber pasable funcionalidad. Al segundo, que debo reconocer que nace, en cierto modo, como consecuencia del primero: en efecto, no habiendo autonomías, la conjunción de alcaldes y diputados bajo el control de los electores de una circunscripción tiene todo el sentido. Con ellas, no. Al tercero, que sé que es casi imposible. Baste con eso. Pero el cuarto... ¡ay, el cuarto! El cuarto me parece casi impepinable, aunque debo reconocer que mis conocimientos sobre constitucionalismo son más bien magros.
En fin, Don Antonio, tómese esta carta como lo que es: una compilación de deseos estéticos de alguien que, desde su particular punto de vista, desea lo mejor para la República Constitucional. Ya sabe que, aunque ni uno sólo de los puntos anteriores pueda ser asumido por su Teoría de la República, todos —y especialmente yo— adoptaremos ésta con entusiasmo.
Reciba un fuerte abrazo.
MessageInOut
EL IMPUESTO DE PUTREFACCIÓN SISTÉMICA
Algunos ciudadanos honrados y lúcidos aspiramos a un régimen político que denominamos República Constitucional. Pero sabemos que antes tendremos que merecerlo; que habremos de lograr el aprecio ciudadano de la auténtica cualidad y valor del voto; y que eso nos obliga a la instrucción intensa y urgente de buena parte de la opinión pública hasta su comprensión clara de la noción de verdadera democracia.
No basta con peregrinar a las urnas cada tanto tiempo, dándose después a la acidia o a las vanas certidumbres, pues el voto cualifica al ciudadano como animal político rector de su destino. Mediante el voto, los atributos de todo hombre como regulador de la vida pública son comisionados en cada unidad de convivencia a un representante común; y los de guía, a un presidente de toda la nación (la intervención es inherente a la técnica judicial de los funcionarios administradores de la Ley, que la impartirán con la eficacia con la que otros funcionarios construirán ferrocarriles).
Lo descrito se llama independencia de poderes (regular, guiar e intervenir), y es irrenunciable, porque es el fundamento de la República Constitucional. Sabemos que el acontecimiento llegará sólo tras rendir gigantescos obstáculos que crearán nuestros oponentes, que son los enmucetados, los lucrados del poder y los inmovilistas. Para identificarlos basta conocer a quiénes aprovecha el régimen de la oligarquía de los partidos, aparte de a sus jefes y a la ristra de nepotes, enchufados, políticos enlistados, digitados ciegobedientes y otros aconvidos del festín del Reino de las Autonomías. Pues todos ellos son los beneficiarios de un soterrado Impuesto de Putrefacción Sistémica, del que todos los repúblicos abominamos.
Ese impuesto beneficia a los banqueros de vientres como duelas, a los grandes grupos mediáticos conformadores de la opinión pública, a las principales constructoras e inmobiliarias y a las grandes compañías multinacionales. Y damnifica a todas las demás empresas; a los profesionales y los trabajadores autónomos del tejido nacional industrial y de los servicios; a toda la ciudadanía productiva; al funcionariado honrado; y a todos los consumidores. Todos tenemos que producir más y comprarlo todo más caro para compensar ese sobrevenido impuesto.
El Impuesto de Putrefacción Sistémica opera del siguiente modo:
Supongamos que una entidad crediticia llamada, es un poner, La Caixa posee un gran paquete de acciones de una concesionaria de autopistas. Y que la concesión caduca en algunos tramos, por amortizada. Entonces, La Caixa entrega seis millones de euros al PSC, partido en el poder del Govern de la Generalitat de Catalunya (o se los condona, que es lo mismo), y éste le renueva la concesión de explotación de los tramos caducados por un dilatado plazo. Durante el mismo, los ciudadanos, por el uso de un bien que ya debiera ser gratuito por público, seguiremos pagando hasta cumplir varios centenares de veces el valor de la dádiva. Como añadidura, el Ministro de Industria, a la sazón también del PSC, apoyará hasta la prevaricación una tacaña OPA a Endesa desde Gas Natural, empresa también participada por La Caixa. Aunque esta última operación no resulta al final, sí provoca una guerra entre empresas europeas que acaba costando una subida de la factura de la luz del 20%. El monto engrosará el soterrado Impuesto de Putrefacción Sistémica. Si ejemplos los hay a cientos, casos habrá a cientos de miles.
En cuanto a población humana, el Impuesto de Putrefacción Sistémica perjudica todos los españoles y beneficia sólo a los pocos que poseen el capital suficiente para corromper a lo selecto de la clase política. Sabemos que todos ellos, putrefactores y corruptos, nos atacarán despiadadamente cuando vean peligrar sus poltronas y sus beneficios blindados. Su fuego de artillería no tendrá misericordia, porque ¡es tanta la riqueza que se juegan! Tanta como deshonor arrastramos los españoles por soportar ese parasitismo desde hace treinta años. Así que sólo nos queda asirnos fuertemente al mástil de la verdad, clavar en él las uñas hasta las lúnulas, y resistir los barridos de su fuego hasta lograr la libertad. Pues eso es lo que nos jugamos nosotros. Nada menos.
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